Duelo. No todo se transforma, algo se pierde

Sección: Psicoanálisis

 

 

 

Una famosa, en una exhibición dónde se ofrece a la vista de los espectadores,  muestra su duelo, en la versión más descarnada, desde la pantalla de televisión. Muy conocida en la farándula, su marido se suicidó y habla frente a la cámara en primer plano. En la entrevista afirma, entre otras cosas: “Me quiero quedar en la cama,…no entiendo que él no esté,…ahora me causa mucho dolor, antes me sentía muy culpable”. Expresiones dichas en un extenso reportaje donde llora y tiembla, totalmente expuesta.

Este es uno de los extremos del tardo capitalismo que vivimos. El  otro es la negación. Con respecto a esta última  daré dos ejemplos de la publicidad televisiva, en la primera un chico está jugando y se lastima, viene la mamá y lo abraza y le dice el consabido: “Sana, sana, colita de rana, si no sana hoy sanará mañana”. La voz del locutor en off afirma: “¿Mañana? Los chicos de hoy no pueden esperar hasta mañana”, y se observa en la pantalla como se le coloca un medicamento en aerosol  en la lastimadura, para que el chico pueda ir a jugar rápidamente. En otra se ofrece una crema cosmetológica donde se expresa  que “ahora las heridas no dejan cicatriz”.

Si va a ver duelo, que sea espectacular y si no, que no sea. Desmedida exposición, desmedido silenciamiento, donde la directriz no es atravesar un proceso de pérdida, sino tener rédito con ello. El objetivo final es el dinero. Chicos que no pueden esperar para recuperarse, donde el imperativo cultural a gozar presiona. Cicatrices de la vida, como las estrías o un accidente que no deben dejar marca. No se puede perder nada. Pero no todo se transforma.

Para comprender este proceso nos hacemos la siguiente pregunta: ¿Qué se entiende por duelo? El duelo es la reacción a la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente: la patria, la libertad, el ideal. En algunas personas surge una tendencia a la melancolía en lugar del duelo, al que consideramos normal y que no es necesario tratar. La melancolía es un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las funciones y la disminución del amor propio, que se traduce en autoreproches y acusaciones y que puede llegar incluso a una delirante espera de castigo. Aquí estaríamos hablando del duelo patológico. En “Duelo y melancolía”, Freud dirá que en realidad estos autorreproches tendrían que ir dirigidos al que se duela, pero el paciente no se lo permite y entonces los dirige hacia él mismo. Dice Freud: “En el melancólico podría casi destacarse el rasgo opuesto, el de una acuciante franqueza que se complace en el desnudamiento de sí mismo. (…) Ha perdido el respeto por sí mismo y tendrá buenas razones para ello. Esto nos pone ante una contradicción que nos depara un enigma difícil de solucionar. Siguiendo la analogía con el duelo, deberíamos inferir que él ha sufrido una pérdida en el objeto; pero de sus declaraciones surge una pérdida en su yo.”[1]

El duelo muestra estas características, a excepción de una sola: la perturbación del amor propio. La labor del duelo consiste, en un primer momento, en que el examen de la realidad demuestra que el objeto amado ya no existe y le demanda que la libido abandone todas sus relaciones con él. Aquí surge una resistencia que puede ser tan intensa que hace que aparezca el apartamiento de la realidad y la conservación del objeto por medio de lo que Freud denominó psicosis alucinatoria de deseo. El sujeto tiene alucinaciones auditivas, visuales u olfativas relacionadas con la persona que ha fallecido. Esta psicosis puede formar parte del trabajo del duelo y ser transitoria, ya que se espera que el principio de realidad se imponga sobre ella, pero el proceso se lleva a cabo muy lentamente, con gran gasto de tiempo y de energía psíquica, abandonando cada recuerdo y esperanza que une al sujeto con el objeto. Es un trabajo de constricción que se realiza junto a los seres queridos. Una cruel exposición pública, como puede ser la televisión, difícilmente ayude a dicha labor.

En los siglos XVIII Y XIX y en parte del XX, la muerte de una persona era un acontecimiento social. El duelante llevaba luto o crespón  y se consideraba  que estaba en estado vulnerable. Actualmente no es así, ya que las condiciones laborales y culturales hacen que la persona que pierde a un ser querido se vea obligado a trabajar rápidamente y a ocultar su dolor o a exponerlo como y show. Esta situación no favorece el normal proceso del duelo sino que actúa en  su detrimento, ayudando a la negación del mismo. En la posmodernidad lo que predomina es la lógica del consumismo y la producción. El poder empresarial trasmite como imperativo la necesidad del trabajo continuo a partir de crear necesidades de consumo cada vez mayores. Por un lado, se promueve el goce absoluto en el consumo y, por otro, el evitar el sufrimiento físico a través de analgésicos y el sufrimiento psíquico por medio de psicofármacos. Esto en una dinámica de aceleración del tiempo que implica no poder detenerse para dar lugar a los procesos psíquicos en los estados anímicos propios del duelo. No hay tiempo para llorar, hay que producir. Claro que la globalización trae como consecuencia también la marginación de muchos, que atentos al subsistir diario no pueden ni siquiera permitirse la tristeza. Las drogas más baratas permiten el momentáneo y frágil adormecimiento.

Retomemos a Freud: Cuando se han retirado las cargas del objeto perdido la labor del duelo finalizó y el yo está libre y exento de toda inhibición. Pero en la melancolía no ocurre esto. En el duelo se distingue claramente lo que el sujeto ha perdido. En la melancolía la pérdida es inconsciente y además es inconsciente lo que se supone que se ha perdido al perder el objeto. El sujeto no tiene conciencia de lo que perdió con la ausencia del objeto amado.

El melancólico muestra además una extraordinaria disminución de su amor propio, un considerable empobrecimiento de su yo. En el duelo el mundo aparece desierto y empobrecido; en la melancolía es el yo el que está desierto y empobrecido. El yo aparece como indigno de toda estimación, incapaz de rendimiento valioso alguno y moralmente condenable, se dirige amargos reproches, se humilla ante todos los demás y compadece a los suyos por hallarse ligados a una persona tan indigna. El cuadro se completa con insomnios, inapetencias y sojuzgamiento del impulso que fuerza a mantenernos con vida. El melancólico carece de todo pudor hacia los demás, lo que lo lleva a hablar de sus defectos y es probable que los tenga, sólo que los ve más claramente que en los estados normales. El paciente ha sufrido la pérdida de un objeto que ha tenido efecto en su propio yo. Una parte del yo se sitúa enfrente de la otra y la valora críticamente, como si la tomara por objeto. Freud dirá que la sombra del objeto recae sobre el yo. Pero si oímos pacientemente las múltiples acusaciones del melancólico, nos daremos cuenta que las más violentas resultan poco adecuadas a la personalidad del sujeto y en cambio pueden adaptarse a la persona que se ha perdido. Los reproches con los que el enfermo se abruma corresponden a otra persona -con la que el yo se ha identificado- y se dan cuando la elección de objeto tuvo lugar sobre una base de identificación narcisista.

La melancolía toma una parte de sus caracteres del duelo y otra del proceso de regresión por la elección de objeto narcisista. La pérdida del objeto constituye una excelente ocasión para hacer surgir la ambivalencia de las relaciones amorosas, similar a la estructura de la neurosis obsesiva: el sujeto se reprocha haber ocasionado la pérdida del objeto amado o de haberla deseado. Las causas de la melancolía son todos los casos de ofensa, postergación y desengaño que pueden introducir en la relación con el objeto, una antítesis de amor y odio o intensificar una ambivalencia  preexistente. El tormento que el melancólico se inflige a sí mismo significa las satisfacciones de tendencias sádicas y de odio orientadas hacia un objeto, pero retrotraídas al yo. Una parte retrocede hasta la identificación y la otra, bajo el influjo de la ambivalencia, retrocede hasta la fase sádica. Esto nos aclara el enigma de la tendencia al suicidio, que tan interesante y peligrosa hace a la melancolía. Ningún neurótico experimenta impulsos suicidas que no sean homicidas, orientados primero hacia otras personas y vueltos luego contra el yo. El insomnio de la melancolía testimonia la rigidez de este estado, es decir, de la imposibilidad de que se lleve a cabo la retracción general de las cargas, necesaria para el establecimiento del estado de reposo. Existe una especie de hipervigilancia que no permite retraerse del mundo; en el fondo, lo que se vigila es el propio surgimiento de los impulsos agresivos. Actualmente el duelo puede darse en forma encubierta, hay un imperativo a seguir, a estar bien. El fondo de melancolía queda tapado por la intensa actividad, donde muchas veces los psicofármacos están al servicio de tal negación.

El paulatino desligamiento de la libido es un carácter común del duelo y de la melancolía; se basa en las mismas circunstancias económicas y obedece a las mismas tendencias. Pero en la melancolía la relación con el objeto queda complicada por la ambivalencia. “En la melancolía se urde una multitud de batallas parciales por el objeto; en ellas se enfrentan el odio y el amor, el primero pugna por desatar la libido del objeto, y el otro por salvar del asalto esa posición libidinal. A estas batallas parciales no podemos situarlas en otro sistema que el Icc, (…) Ahí mismo se efectúan los intentos de desatadura en el duelo, pero en este caso nada impide que tales procesos prosigan por el camino normal que atraviesa el Prcc hasta llegar a la conciencia. Este camino está bloqueado para el trabajo melancólico, quizás a consecuencia de una multiplicidad de causas o de la conjunción de estas.”[2]

Puede pensarse que uno está de duelo por quién era lo suficientemente importante para uno como para sentir que en algún punto lo completaba, lo colmaba; entonces puede aparecer la sensación de desvalimiento y el preguntarse: “¿para quién, para qué seguir viviendo?”. En este punto, cuando los duelos quedan detenidos, podemos hablar de depresión endógena y se puede caer en el suicidio. El sujeto se piensa sin salida y puede producirse lo que se llama un pasaje al acto. A veces el suicidio es un arrebato, otras veces la escena viene planificada. En este caso es mucho más fácil trabajar en terapia, se trabaja con lo que puede desear,  en un intento de articular su fantasma y se aspira a  modificar ese muro gris, que el sujeto ve como su futuro. Por lo general, se trata de aumentar las frecuencias de las sesiones para que el paciente pueda dialogar. Si tomó la decisión de quitarse la vida, puede que no tenga ansiedad y no quiera hablar del tema; es el momento de preguntar rápidamente. Se trata de que mate lo que no le gusta de su vida y no de que se mate él. La posibilidad de que pueda hablar de ello -de poner en palabras aquello que le ocurre- impide generalmente el pasaje al acto.

Ahora bien, que  para Freud el objeto del duelo sea reemplazable, fue cuestionado posteriormente por varios psicoanalistas, entre ellos por Jean Allouch, quien en su libro: “La erótica del duelo en tiempo de la muerte seca”[3], afirma que el objeto es irremplazable y que lo que se modifica es el vínculo con lo que se perdió. Freud, sostiene la teoría de que el objeto se puede reemplazar pero, sin embargo, se contradice en el texto de “La transitoriedad”, de 1915, donde afirma: “¿por qué este desasimiento de la libido de sus objetos habría de ser un proceso tan doloroso? No lo comprendemos, ni por el momento podemos deducirlo de ningún supuesto. Sólo vemos que la líbido se aferra a sus objetos y no quiere abandonar los perdidos aunque el sustituto ya esté aguardando.”[4] Años más tarde, en una carta que le envía a Sandor Ferenczi, en relación a la muerte de su hija, le dice que se trata de una herida amarga, que es irreparable y narcisista.

Lacan afirma que duelamos a quien éramos para él su falta, es decir su falo. Se hace muy difícil realizar un duelo por quien veníamos a completar. Si a la pregunta de qué quiere el otro de mí, respondemos: que lo complete, nos convimos en lo que le falta al otro. Al perder a quienes completamos se produce una vacilación fantasmática, por lo que es necesario que deba haber un proceso para reencontrar nuestro deseo.

La demanda social hace que el duelo pase a ser psíquico. En terapia, por lo general, no hay interpretación sino una construcción, una rememoración, tratando de contornear el vacío que dejó esa persona que se fue. Y se lo hace recordándola en sus cualidades buenas y malas, porque es hablando de esa persona que el duelante puede dejarla en un nostálgico recuerdo y proseguir con su vida. Esto no sucede en la exposición descarnada de la televisión, dónde sólo hay catarsis de parte del duelente y nada de contención por parte de los demás.

Muchas veces el duelo es un hecho traumático que debemos inscribir, poner en palabras, enlazando lo pulsional con los vocablos del preconsciente. Por este motivo, la poesía es la que mejor lo permite dentro de los géneros literarios. Porque si es difícil hablar del propio padecimiento en una situación traumática, este género lo permite por su plasticidad y polisemia. Lacan afirmaba que no era lo suficientemente poeta porque no llegaba a zarandear, a cuestionar, a jugar, lo sobradamente con los significantes como lo hace el creador poético.

Silvie Le Poulichet, en su libro La obra del tiempo en psicoanálisis,[5] habla del instante catastrófico, que es un tiempo de angustia máxima, donde el yo desaparece, porque lo imaginario queda desanudado. Este instante se produce por un presente apremiante, por ejemplo, recibir la noticia de la muerte sorpresiva de un ser querido. Esto produce en el sujeto un agujero en el tiempo que desvanece el pasado y el futuro, pero sobre todo en el presente no se tienen palabras para expresar lo que se siente.

El paciente podrá, recién en el análisis, acudir a las imágenes, a las palabras y a la angustia que faltaron para nombrar algo por primera vez que, sin embargo, ya había sucedido. No es el retorno de lo reprimido. Es cifrar lo ocurrido. No es un hecho que se reprimió, por lo tanto, no hay síntoma, no hay producción del inconsciente sino angustia.

En los pacientes en los que la inhibición está operando muy fuertemente, el ins- trumento que debemos utilizar es la construcción. Nuestra tarea será ayudar a poner en palabras lo sucedido. Muchas veces la significación de un hecho traumático ayuda a resignificar otros hechos anteriores. A posteriori, podemos darle otro sentido a lo que ocurrió. Y es aquí donde la poesía puede intervenir, ya que es polisémica por excelencia. Esto le hace decir a Chiozza: “Umberto Eco sostiene que el efecto poético surge de la capacidad del texto para generar lecturas distintas sin agotarse jamás completamente”.

Lacan, nos dice que debemos orientarnos por algo del orden de la poesía para intervenir como psicoanalistas. La metáfora y la metonimia, no tie­nen alcance para la interpretación si no en tanto son capaces de hacer función de otra cosa, para lo cual se unen estrechamente el sonido y el sentido. Es en tanto que una interpretación justa extingue un síntoma, que la verdad se expresa en forma poética.

No es del lado de la lógica articulada que hay que sentir el alcance de nuestro decir y lo primero que habría que hacer sería extinguir la noción de “lo bello”. Nosotros no tenemos nada bello que decir, es de otra “reso­nancia” de lo que se trata.

La poesía es imagen, analogía, metáfora. Se nutre de lo más íntimo y deja de lado la lógica y la racionalización. Es el mecanismo que brinda la posibilidad de metaforizar a través de figuras que se comprenden, sin necesidad de recurrir a la intelectualización. Por eso oficia de caja so­nora, de instrumento que permite expresar el dolor que se padece en el duelo; es la forma de considerar las cosas por afinidad sentimental, por participación empática.

En nuestra cultura nos ha quedado una parte de la prelógica que sub­siste en nuestras representaciones, de esta manera piensa el poeta. Todo verso es creación de un tiempo y un estar fuera de lo ordinario. El poeta no es un primitivo, pero sí ese hombre que reconoce y acata las formas primitivas, formas que, bien mirado, sería mejor llamar primordiales, anteriores a la hegemonía racional y que prosiguen luego de estas. El poeta acepta la dirección analógica, de donde nace la imagen, el poema, un cierto instrumento que cree eficaz. El mago veía en la dirección analógica su instrumento de dominio de la realidad. Lo que el poeta alcanza a expresar con imágenes es la transposición poética, de su angustia personal de ser. También el poeta debe cumplir la forma mágica del principio de identidad y ser otra cosa. Reconocimos en la actividad poética el producto de una urgencia que no es sólo estética, que no apunta sólo a la respuesta lírica, el poema. El poeta y sus imágenes constituyen y manifiestan un solo deseo de salto, de irrupción, de ser otra cosa.  Expresa con palabras-imágenes, que a la vez manifiestan lo más genuino del creador, así, como en los sueños, se formulan ideas, sentimientos, a través de las imágenes. En el territorio poético, las analogías surgen condicionadas, elegidas poéticamente, musicalmente. Todo poeta se apropia un poco del objeto que describe. El poeta no está interesado en acrecentar su conocimiento, en progresar. Asume lo que encuentra, que viene de él mismo, de lo no dicho anteriormente. La poesía es el género que más se acerca a la verdad del sujeto, porque parte de la emoción, y requiere que no predomine la defensa, sino en saber del inconsciente atravesado por la metáfora, a través de la sublimación. La herramienta del poeta son sus sentimientos, y con ellos dice, generalmente, a pesar suyo. Borges ha dicho: “Posiblemente la poesía sea un modo más vívido de decir la verdad, un modo más memorable de decir la verdad. Yo no concibo una poesía como falsa. Yo sé que si la poesía no parte de la emoción, es un error, yo no creo que la poesía sea un juego de palabras, un arte combinatoria; creo que la poe­sía tiene que estar justificada por la emoción, no me imagino un verso escrito sin pasión, sin emoción.”[6] En otros géneros literarios -como son la novela o el ensayo- el escritor puede tomar mucha más distancia, a través de los persona­jes, de lo que le es propio. Esta distancia equivaldría al disfraz del sueño, a la elaboración secundaria del mismo. Según Borges: “El poeta sería simplemente un amanuense de esa fuerza misteriosa que puede salir de su mente, en la cual, tal como creía el poe­ta Irlandés Yeats, estaba contenida la gran memoria, la memoria de to­dos los antepasados, y quizá la memoria de los arquetipos platónicos.”[7] Y esa fuerza misteriosa que sale de su mente, de la que habla Borges, es el saber del inconsciente del creador, que canta su verdad aún sin saber­lo. “Me parece absurdo buscar temas: los temas tienen que buscarnos a nosotros y encontrarnos”,[8] continua diciendo Borges. Y es así, porque los contenidos surgirán como formaciones sustitutivas para expresar nuestra verdad. Así, la poesía permite poner en palabras aquello que no se pudo expre­sar, enlazando lo pulsional al significante y al leerla nos conmociona porque remite a lo medular. Al respecto dice Borges: “En cuanto a la poe­sía, yo no sabría definirla, pero creo que eso demuestra que la poesía es algo esencial, ya que sólo pueden definirse las abstracciones; la poesía, en cambio, es tan esencial como la cercanía del mar, como la cercanía de una mujer o de la luna, por ejemplo, a quienes vemos siempre con antiguo asombro, antiguo y nuevo asombro. De modo que no hay que definirla ya que todos sabemos qué es. Creo que la poesía debe impre­sionar inmediatamente de un modo casi físico.”[9] Más cercana a nuestra emoción, la poesía, sus vocablos, conmueven nuestro ser; afirma más adelante: “Aquí tenemos este antiguo problema, el problema de la poe­sía; de cómo un idioma se llena de efectos mágicos, cómo con palabras que están registradas en un diccionario se llega a algo que se parece mucho a la magia, cómo no hay una diferencia esencial entre la música y la poesía.”[10]

Por eso la poesía permite expresar el dolor, las pérdidas, los duelos, para ir bordeando con palabras ese instante catastrófico de la ausencia de­finitiva. Esa falta tiene que ser transformada en la obra en sí: “Y quizá la desdicha sea mejor material poético que la dicha, como la derrota es mejor material que la victoria, porque la derrota tiene que ser transfor­mada en otra cosa, la desdicha también. La felicidad, en cambio, es un fin en sí misma y no necesita ser cantada; ya es una suerte de canto la felicidad.”[11]

La función de la escritura se ubica allí, en la posibilidad de recordar el objeto perdido trazo por trazo para dejarlo ir.

Diariamente nos encontramos en nuestro consultorio con pacientes que sufren la ausencia de un ser querido y que tratan de anotarla como pérdida. La escritura, entre otras expresiones artísticas, permite esta anotación, elaboración necesaria para el camino del duelo. Camino que permite aplacar el dolor y dejar ir, sin cámaras encendidas ni remedios mágicos.

 


[1] Sigmund Freud. Duelo y Melancolía, 1915, 1917. Obras completas, Volumen XIV, Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1984. Pág. 245

[2] Sigmund Freud. Duelo y melancolía. 1917. Op. Cit. Pág. 253,254.

[3] Jean Allouch: Erótica del duelo en el tiempo de la muerte seca, Editorial Cuenco de Plata, Buenos Aires, 1996.

[4] Sigmund Freud: “La transitoriedad” (1916 [1915]), en Obras completas, Volumen XIV, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1975, pp. 310-311

[5] Sylvie Le Poulichet: La obra del tiempo en psicoanálisis, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1996

[6] Jorge Luis Borges: Borges en la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Editorial Agalma, Buenos Aires, 1993, p. 47.

[7] Idem

[8] Idem

[9] Op. Cit.

[10] Op. Cit.

[11] Op.Cit

 

Be Sociable, Share!

Postea un comentario