Ver, mirar, crear

Sección: Psicoanálisis


En esta nueva fase de la historia occidental predomina la lógica individualista que implica vivir aquí y ahora. Al mandato de gozar ahora se le suma la obligación de desarrollar un narcisismo flotante, es decir, tener cierta disponibilidad para adaptarnos a la fluidez y la aceleración. Todo cambia constante­mente, y nos deja sin posibilidades de poner en marcha nuestra puesta en juego acerca del deseo. Se trata de detener esta carrera y abrir un espacio y tiempo para interrogarnos. Aquello que no se dice, porque no hay palabras ni lugar que la sociedad ofrezca, deberá expresarse. De acuerdo con el último Lacan, el acento tendría que ponerse en los víncu­los interpersonales, en la inmixión de otredad en psicoanálisis. Un con­cepto desarrollado por él, que abarca a lo íntimo y lo externo. Al sujeto y al otro social. Cito a Eidelsztein: “Quizás el máximo desafío planteado al psicoanalista de hoy por la ideología social sea rechazar la certeza que afirma que la alegría, la tristeza, las ganas de vivir, la fuerza de hacer co­sas, el entusiasmo, el deseo sexual, etc., provengan de la carne -víscera o cerebro- y no se estimulen con fármacos -legales o prohibidos- sino de la relación con el Otro y al Otro”.[1] Los sujetos se expresan a través de lo que Freud denominó la “facultad del artista”. ¿Cuál es esa facultad? La de convertir la fantasía en una expresión artística. El creador da forma a determinado material hasta que corresponda a sus fantasías modifica­das, cancelando temporariamente la represión, obteniendo placer en ello y donde la sociedad también lo obtiene dándole sentido al objeto de arte. Desde esta perspectiva podemos ver al tatuaje, en algunos casos, como una expresión creativa socialmente aceptada y no como una flagelación. Desde el tatoo hasta las bandas de rock, pasando por toda expresión creativa en Internet el sujeto abre una grieta en la homogeneidad impuesta en la sociedad y sobre todo en los mass media. Se sirve de es­tos medios para manifestarse. Da a ver y oír un mensaje que, como un sueño en análisis, debemos descifrar.

En el Seminario 11 Lacan habla sobre la mirada. Dice que somos mirados antes de ver y que no miramos más que un sólo punto, aun cuando so­mos vistos desde todos. Es la mirada del Otro la que nos va a dar consis­tencia corporal e identidad. Es nuestro reflejo en las cuencas del Otro lo que nos unifica corporalmente. Al respecto, cito unos versos de Cortázar de su poesía “Bolero”: “Siempre fuiste mi espejo,| Quiero decir que para verme tenía que mirarte.”[2]

Con respecto a la mirada, Lacan diferencia entre el sueño y la vigilia: en esta última hay una elisión de la mirada, es decir, que falta ver en lo que miramos, no sólo en lo que ello mira, sino en lo que ello muestra. En cambio en el sueño se da a ver. Aquello que falta en lo observado pode­

 

mos homologarlo al objeto a, a la falta, a lo ausente. La mirada, en tanto objeto a, expresa la castración, la falta, lo ausente. Esto se contrapone con lo que sucede en la fotografía digital, que tiene cada vez más mega píxeles para intentar asir visualmente todo, se tiene la ilusión de que todo se da a ver, pero -aún así- nuestra mirada elide lo observado por­que, como ya dijimos, miramos a través de nuestro lente: el fantasma.

Lacan dice además en este mismo Seminario 11, que cuando existe una reciprocidad entre la mirada y lo mirado, el sujeto desaparece. Porque si no existiese interpretación personal en lo que miramos, si fuéramos como cámaras digitales o especies de copiadores visuales hiperrealistas, no habría margen para nuestra distorsión subjetiva. Y es allí, en nuestra distorsión donde aparece el marco a través del cual miramos nuestra realidad: el fantasma. En análisis trataremos de truncar ese punto últi­mo de mirada ilusoria, en cuanto a la idea de completud tanto nuestra como del otro, porque la mirada es la que elude más completamente el término de la castración. Realizar una obra implica hacer andar la rueda del deseo, asumir que no se tiene todo, dado que se necesita hacer algo para expresarse y el modo de hacerlo compromete al fantasma.

Este objeto a, lo que se escapa de lo observado, es trabajado de distintos modos por diferentes creadores.

En todo cuadro se evidencia qué es lo que da a ver el artista y cómo se posiciona con respecto a dicho objeto.

Ciruelo,[3] artista argentino que vive en España, es daltónico y se desta­ca no sólo por sus dibujos sino también por sus petropictos, [4] técnica desarrollada por él en la cual dibuja sobre piedras, sin alterar su forma, sin cincelar, ni esculpir, encontrando figuras en ellas. Sufrir de dalto­nismo no le impidió ser reconocido mundialmente como uno de los más importantes ilustradores de la fantasía épica, género que representa una temática mágica o sobrenatural. Toma piedras y comienza a mirarlas, hasta encontrarles, en sus formas, algún sentido, algún dibujo que pin­ta sobre ellas sin tallarlas, respetando su relieve natural. La impresión es que las piedras dicen las imágenes, Ciruelo sólo las descubre y las saca a la luz. Busca liberar la forma de la piedra aprovechando su relieve natural, sus texturas y marcas. Logra así un resultado tridimensional, puesto que al mirarlas parecen talladas cuando en realidad son sólo di­bujos que se completan con pincel y aerógrafo.

El artista explica cómo es su método de trabajo: “Con pocos trazos lo­gro un efecto tridimensional. Pero a diferencia de las pinturas, no me considero el autor de estas obras. Soy un canal; existe un diálogo en­tre la piedra y yo. Muchas personas lloran al verlas; no por mi trabajo, sino porque reconocen que tienen la misma habilidad. Después ellos también ven cosas. Su percepción cambió para siempre.”  Ciruelo se considera integrante del grupo de personas que ven cosas que otros no ven. Invierte su situación real, pertenece al grupo que ve, en este caso fi­guras, dejando de lado su real limitación, que es la de no ver determina­dos colores. (…) Yo soy absolutamente daltónico -exclama-. Cuando digo esto genero todo tipo de comentarios graciosos, aunque para mí esto era algo trágico. Me marcó toda la vida. Los colores claros y los oscuros se me mezclan y no sé qué le llega a la gente de mi obra. Pero digamos que no veo la realidad como la mayoría de la gente. Porque veo otros colores, o los veo distorsionados.”

Ciruelo hace de esta dificultad su capacidad. Ve lo que no se ve a sim­ple vista. No ve determinados colores, pero ve formas que la naturaleza, representada en este caso en la piedra, parece expresar. Hace visible lo que estaba sólo disfrazado de ausencia. Hace de su doble castración su potencia. Doble en el sentido de su castración simbólica y de aquella que surge de su limitación en lo real. El objeto a toma forma en sus obras, a través de lo que dice la piedra. También es importante observar como la mayoría de sus dibujos muestran dragones, mujeres fálicas y hombres escudados y armados, a diferencia de sus petropictos donde lo que pre­domina es la ternura, reflejada en duendes, hadas y delicados animales. Es decir que, en las diferentes técnicas que utiliza, expresa distintas co­sas. Así, en sus dibujos los personajes aparecen más defendidos, mien­tras que en sus petropictos se muestran más vulnerables.

En Ciruelo se hace muy evidente la expresión atribuida a Paul Klee, en el sentido de que el arte no reproduce lo que es visible sino que hace visible lo que no siempre lo es. Como en los sueños, donde las imágenes muestran, dan a ver, son el medio por el cual en ellas se expresan pen­samientos a través de lo visual. Esa es la traducción que tenemos que hacer mediante la interpretación del relato de las escenas oníricas.

Es interesante ver cómo el objeto a -el menos , la castración, la ausen­cia- es trabajado en sus cuadros de manera diferente por distintos au­tores. Como ejemplo extremo mencionamos a Kandinsky, quien arribó al arte abstracto convencido de que sus pinturas resultaban mejores sin la presencia de objetos.


[1] Alfredo Eidelsztein: Las estructuras clínicas a partir de Lacan, Volumen II, Editorial Letra Viva, Buenos Aires, 2008, p. 253.

[2] Julio Cortázar: “Bolero”, en Salvo el crepúsculo, Grupo Santillana, Buenos Aires, 2004, p. 135.

[3] Ciruelo, es el seudónimo de Gustavo Cabral

[4] Petropicto es el arte de pintar sobre piedras

 

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