Compañeros

Sección: Literatura

Estábamos en el baño del colegio Nicolás y yo, como siempre, escapándonos de la bruja de Matemática. Esa vez, él dijo que tenía ganas de vomitar y yo me ofrecí para acompañarlo. Ella dudó un momento, pero la sola posibilidad de que vomitara en el aula la horrorizó. Tenía una manía por la limpieza enfermiza, traía siempre un lienzo almidonado para limpiar su escritorio y otro, que colocaba en el asiento. No utilizaba tizas porque le daban alergia, entonces repartía copias con ejercicios para todos y era allí donde comenzaba la tortura. Así que accedió.

Como siempre, estábamos riéndonos de nada, cuando de pronto nos quedamos mirándonos. Fue él quien me tocó la mejilla, con su mano de piel de bebé, y yo, que estaba perplejo, comencé a sentir el olor a orina del baño y creo que fue eso lo que revolvió las tripas, sin embargo, no me moví y dejé que recorriera mi rostro y luego mi cuello y mis cabellos…Yo también me aproximé un poco y le toqué su pelo rubio, lleno de rulos, creo que siempre quise hacerlo, desde la primaria y seguí, como él recorriendo su rostro. Estábamos  serios y parecía una ceremonia. De pronto, nos miramos en el espejo: ambos teníamos las mejillas sonrosadas y una expresión de asombro y deseo.  Entonces llegó él. Entró como siempre: torpe, ruidosamente y de un salto estuvo frente a nosotros.

Todo sucedió muy rápidamente.

Mario dijo: “ja”, y se fue a orinar. Solamente “ja”, y luego salió como había entrado.

Comenzamos a desesperarnos, ¿qué haríamos? ¡El jefe del equipo nos había descubierto! y ya todo el mundo lo sabría. Mario no tendría compasión: se burlaba de los débiles y de los tontos y se ufanaba de sus conquistas amorosas con las pibas, que para él eran tontas y débiles también. Sería un escándalo, llamaría a nuestros viejos, murmurarían en el patio tapándose la boca para reírse. Nos llamaría el director, simulando comprensión junto con el profesor consejero y los interrogatorios serían infinitos. Finalmente, nos mandarían a gabinete donde Clara nos haría eternos test para saber hasta dónde llegaba nuestro grado de perversión.

La bruja nos vino a buscar preguntando si Nicolás estaba mejor. Volvimos al aula. Todo seguía igual. Mario ni nos miraba.

Luego de unos días, con sus noches de pesadilla, llegamos a la conclusión que él no hablaría.

Pero la historia no había terminado.

A Nicolás lo dejó tranquilo, pero a mí, Mario comenzó a perseguirme por los pasillos, en el aula, en el comedor, en el camino a casa o donde fuera para decirme: “Pelotudo”, sólo eso: “Pelotudo”. Yo trataba de evitarlo por todos los medios, así que cambié de recorrido y cada vez que lo veía huía despavorido, pero él me encontraba y cuando lo hacía me decía: “Pelotudo”. Mi vida se convirtió en un infierno. Nicolás y yo nos evitábamos como forma de precaución. La soledad y el temor me rodearon por completo.

Hasta que un día no pude más y cuando lo encontré a Mario en el pasillo, los dos solos, frente a frente, le dije que estaba bien, que prefería que contara todo pero que me dejara tranquilo de una vez. El me sonrió, como sólo lo hacen quienes se saben dueños del poder y la fuerza y luego me dijo muy bajito, pero pronunciando lentamente las palabras para que lo entendiera bien: “Pelotudo, si querés hacerlo que sea conmigo, en mi casa y en mi cama”.

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