Rosa en riesgo

Sección: Literatura

Este cuento lo publiqué en el libro que compartí con Juan Carlos Nahabedian: A la sombra de un dios ausente, hace ya varios años.

Poder duelar a los que perdemos nunca es sencillo. A veces se complica más cuando el que se fue jugó un papel muy controvertido en nuestra vida.

El derrotero que  Evita, Eva María Ibarguren, María Eva Duarte de Perón, Eva Perón, fue un doloroso penar infantil como hija ilegítima.  Cuando fallece el padre, su madre ella y sus hermanos quieren entrar al velorio. Se les niega la entrada. Luego se lo permiten, conminados a un rincón, soportando la mirada despreciativa del resto. Cuánto de estas experiencias influyó para que Eva se muestre fuerte e inflexible cuando fue esposa del presidente? Su enfermedad y su descuido con respecto a ella no fue un carísimo pago a su imposibilidad de hacer el duelo por este padre? Marta Gerez Ambertín lo explica muy bien en su libro: Entre deudas y culpas: sacrificios.

La escena del velorio del padre de Evita fue la que me motivó para escribir este cuento, en una historia muy diferente pero similar: una mujer y la imposibilidad de realizar un duelo:

 

“No puede ser”, exclamó mientras sus ojos leían y releían la noticia. Se puso pálida, más blanca aún de lo que era.

Llegó a la casa de los Solana un día que nadie registró, pero que en su memoria estaba tan fresco como el frío que sintió al ser recibida.

Ella creyó, a pesar de la diferencia de edad, a pesar de todo el recelo que traía de su pequeño pueblo de La Pampa, que en los mapas figuraba como un punto perdido entre dos estaciones de ferrocarril.

Para él fue tan fácil, ni siquiera hicieron falta palabras bonitas, ni regalos costosos. Le alcanzó con mirarla a los ojos, no con la dureza con que lo hacía normalmente, sino como solía hacerlo cuando le convenía. A veces le daba pena, pero muy poca, no alcanzaba para el remordimiento y pronto seguía con su rutina de patrón, exigiendo, sin palabras, a los que lo rodeaban, una adoración consecuente hacia su persona.

Rosa sintió que las piernas se le aflojaban, y las paredes giraban alrededor de su menudo cuerpo. Ella leyó en el diario, que llevaba el nombre de él, la noticia sobre su muerte. Todo se llamaba Solana, desde el pueblo hasta la calle principal, desde el cine hasta la plaza. Hasta la casa en que la había dejado vivir, después que la esposa la echara, tenía su apellido. Ella aceptó a pesar de la humillación, creyendo en las promesas. Tenía mucho más que el nombre grabado en su interior, en lo más profundo de sus entrañas. Entonces, ¿cómo se iba a morir? Sería como si una parte de ella muriera también.

Cuando se recuperó del shock tomó aliento y se dirigió hasta la cabina telefónica. No le importaron ni el frío ni la tenue llovizna que empapaba sus ropas. Apenas se cubrió la cabeza con el diario, pero fue algo instintivo ya que no tenía noción de lo que sucedía a su alrededor. Caminó acompañada del croar de las ranas hasta la cabina telefónica de la esquina, sin preocuparse por saltar los charcos de barro, que se formaban en la calle de tierra. Marcó en forma mecánica. La ronca voz de él, en el contestador, respondió lo de siempre. Lo mismo que escuchaba desde que le dijera que no lo llamara más. Arrojando el amasijo de papel mojado, que aún conservaba en sus manos, dijo casi gritando con los ojos movedizos, como si buscaran una presencia a quién dirigirse: “¿No ves? ¡Es mentira!”, tratando de negar la noticia.

“Mienten, todos mienten. El también miente. Pero esta es la última vez”, repetía en voz alta. En su casa tomó el revolver que su padre le había dejado como única herencia y lo puso en el bolso. Nunca se lo mostró a nadie ni contó de su posesión. Ni siquiera sabía usarlo.

Salió otra vez, ahora rumbo a la casa de los Solana.

Rosa llegó al lugar vestida de negro, apretando fuerte contra su cuerpo el bolso de tela deslucida con el que se había presentado la primera vez.

Los guardias le franquearon el paso ya que la conocían y sabían de su relación con el patrón. Pasó entre la gente. Algunos la miraron con desprecio, pero ella tenía un objetivo y si se dio cuenta del rechazo, no le importó. Y lo vio. Parecía dormido, vestido como para ir a la misa del domingo. Los ojos cerrados y el semblante casi sin arrugas, disimuladas bajo el maquillaje que cubría su rostro. Arrugas que ella conocía y recordaba una por una. La boca callada y los labios como esperando un beso para despertar riendo por la broma. Entonces vio venir a la esposa y a los guardias, hasta donde se encontraba. Apretó los dientes y sacó el arma. Comenzó a disparar sobre el cuerpo de él, indefenso que ante cada impacto perdía cada vez más la postura artificial, frente a la mirada atónita de los presente que huían asustados y de los guardias que dudaban entre acercarse o buscar refuerzos. Cunado ya no hubo balas un acre olor de la pólvora cubrió el aroma fresco de las ofrendas florales.

Ella se arrodillo y murmuró con certeza: “Ahora sí que estás muerto”. Fue entonces cuando extendió sus brazos hacia el suelo y pudo comenzar a llorar.

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Comentarios (2)

Da miedo el relato, que feo cuando la gente llega a esos extremos 🙁

Da miedo? En realidad quise reflejar la imposibilidad de realizar un duelo. El sometimiento de una mujer y su necesidad de hacer en acto lo que tenía que hacer internamente. En realidad él ya estaba muerto.

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