Realidad virtual

Sección: Literatura

Yo sé que Ud. me va a entender, a pesar de ser tan joven, porque lo es, aunque tenga lentes, por más que no hable,  me juzga con la mirada.

Yo lo maté. Sí. ¿Me pregunta por qué? Tuve mis razones y le aclaro que no me asustan ni el loquero, ni la cárcel.

Lo maté porque tenía que suspirar, sí, no frunza el ceño. Ya entenderá.

Siempre fui una solitaria, la gente no sirve de mucho y menos los hombres, ya sabe, apenas se creen con derecho, una termina planchándoles las camisas…Por eso, a mí la soledad no me pesaba, al contrario, me gustaba.

Por lo menos hasta que llegó él. Fue muy hábil, sabe, porque se  acercó lentamente, sin que yo me diera cuenta. Al principio me ayudó con unos papeles y parecía no esperar nada a cambio. Ganó mi confianza con su mansedumbre. Comenzó a venir a casa a tomar mate. Hasta ahí todo estaba bien. Al fin había encontrado un compañero, alguien que no daba órdenes ni me cambiaba los objetos de lugar.

Pero tiempo después, su aroma empezó a quedarse en los pliegues del mantel, en las bisagras de las puertas.

Un día, después de hacer el amor, cuando él ya se había ido, en la penumbra de la habitación sentí que todos mis poros estaban invadidos por su transpiración. Comprenderá que era insoportable. Salté a la ducha y me quedé largo rato, tratando de despegar su olor de mi piel. Pero ya era tarde…

Su voz  comenzó a aparecer en los lugares más extraños, en las cajitas de caramelos, en los rincones del patio y sus ojos me perseguían por donde yo fuera.

Los sentía en las manos y en los labios y lo que es peor aún comenzó a invadir el aire, sí, el aire, el que yo respiraba. Apenas podía hacerlo, pero si quería suspirar, el dolor se adueñaba de mis costillas y me paralizaba el aliento.

Fue ahí cuando me decidí. No sabía cómo hacerlo, pero aquella tarde simulé que todo estaba bien y tomamos mate como siempre.

La cuchilla la tenía sobre la mesada y en esa ocasión parecía gritarme su presencia como nunca.

El estaba sentado de espaldas, su camisa a cuadros, el mate en la mano, tomarla y clavársela fue un solo acto.

¿Usted conoce el ruido del metal cortando la carne? Yo lo escuché una y otra vez y a medida que lo oía sentía que los pulmones se me llenaban de aire, un suspiro tras otro, hasta verlo en el suelo cobijado por su propia sangre.

Sí, es verdad, yo lo maté, pero Ud. comprenderá que no se puede vivir sin suspirar.

 

 

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