Arte y psicoanálisis

Sección: Psicoanálisis

 

Curso a distancia con tutoría y foro.

COMIENZA EL 10 DE OCTUBRE Y FINALIZA EL 21 DE NOVIEMBRE

Fundamentos.

 

El objetivo de este curso es identificar los recursos creativos como expresión subjetiva, desarrollando conceptos tales como pulsión, sublimación, objeto a, repetición y acto creativo.

 

La propuesta busca identificar las características del creador, comparándolas con el quehacer del psicoanalista. Relaciona los procesos de cifrado y descifrado, presentes en la obra, con la interpretación y construcción como instrumentos del psicoanálisis.

 

Propone establecer la función de la creación en la estructuración subjetiva y en el duelo.

 

Contenidos.

 

Clase 1. Las pulsiones y la creación.

Clase 2. Sublimación y metáfora.

Clase 3. El arte como posibilitador del despliegue del fantasma.

Clase 4. Duelo y poesía.

Clase 5. Condiciones para la creación, su relación con el análisis.

Modalidad de cursada. Vía Internet, en el entorno de la plataforma educativa de la Comunidad Virtual Russell. Con tutoría, foro y soporte técnico.

 

Autora:

 

Lic. Norma PíngaroLic. Norma Píngaro. Licenciada en Psicología, Universidad de Buenos Aires. Psicoanalista. Posgrado en salud mental con orientación psicoanalítica, Servicio de Psiquiatría del Hospital Nacional Prof. A. Posadas.

 

Editora: Lic. Beatriz Bacco.

 

Certificados. Esta modalidad de cursada contempla dos tipos de Certificados: de Participación, por aportes realizados en el Foro de Debate del curso; de Aprobación, por presentación de un trabajo, cuyo plazo de entrega es de tres meses a partir de la fecha de finalización del curso.

Duelo. No todo se transforma, algo se pierde

Sección: Psicoanálisis

 

 

 

Una famosa, en una exhibición dónde se ofrece a la vista de los espectadores,  muestra su duelo, en la versión más descarnada, desde la pantalla de televisión. Muy conocida en la farándula, su marido se suicidó y habla frente a la cámara en primer plano. En la entrevista afirma, entre otras cosas: “Me quiero quedar en la cama,…no entiendo que él no esté,…ahora me causa mucho dolor, antes me sentía muy culpable”. Expresiones dichas en un extenso reportaje donde llora y tiembla, totalmente expuesta.

Este es uno de los extremos del tardo capitalismo que vivimos. El  otro es la negación. Con respecto a esta última  daré dos ejemplos de la publicidad televisiva, en la primera un chico está jugando y se lastima, viene la mamá y lo abraza y le dice el consabido: “Sana, sana, colita de rana, si no sana hoy sanará mañana”. La voz del locutor en off afirma: “¿Mañana? Los chicos de hoy no pueden esperar hasta mañana”, y se observa en la pantalla como se le coloca un medicamento en aerosol  en la lastimadura, para que el chico pueda ir a jugar rápidamente. En otra se ofrece una crema cosmetológica donde se expresa  que “ahora las heridas no dejan cicatriz”.

Si va a ver duelo, que sea espectacular y si no, que no sea. Desmedida exposición, desmedido silenciamiento, donde la directriz no es atravesar un proceso de pérdida, sino tener rédito con ello. El objetivo final es el dinero. Chicos que no pueden esperar para recuperarse, donde el imperativo cultural a gozar presiona. Cicatrices de la vida, como las estrías o un accidente que no deben dejar marca. No se puede perder nada. Pero no todo se transforma.

Para comprender este proceso nos hacemos la siguiente pregunta: ¿Qué se entiende por duelo? El duelo es la reacción a la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente: la patria, la libertad, el ideal. En algunas personas surge una tendencia a la melancolía en lugar del duelo, al que consideramos normal y que no es necesario tratar. La melancolía es un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las funciones y la disminución del amor propio, que se traduce en autoreproches y acusaciones y que puede llegar incluso a una delirante espera de castigo. Aquí estaríamos hablando del duelo patológico. En “Duelo y melancolía”, Freud dirá que en realidad estos autorreproches tendrían que ir dirigidos al que se duela, pero el paciente no se lo permite y entonces los dirige hacia él mismo. Dice Freud: “En el melancólico podría casi destacarse el rasgo opuesto, el de una acuciante franqueza que se complace en el desnudamiento de sí mismo. (…) Ha perdido el respeto por sí mismo y tendrá buenas razones para ello. Esto nos pone ante una contradicción que nos depara un enigma difícil de solucionar. Siguiendo la analogía con el duelo, deberíamos inferir que él ha sufrido una pérdida en el objeto; pero de sus declaraciones surge una pérdida en su yo.”[1]

El duelo muestra estas características, a excepción de una sola: la perturbación del amor propio. La labor del duelo consiste, en un primer momento, en que el examen de la realidad demuestra que el objeto amado ya no existe y le demanda que la libido abandone todas sus relaciones con él. Aquí surge una resistencia que puede ser tan intensa que hace que aparezca el apartamiento de la realidad y la conservación del objeto por medio de lo que Freud denominó psicosis alucinatoria de deseo. El sujeto tiene alucinaciones auditivas, visuales u olfativas relacionadas con la persona que ha fallecido. Esta psicosis puede formar parte del trabajo del duelo y ser transitoria, ya que se espera que el principio de realidad se imponga sobre ella, pero el proceso se lleva a cabo muy lentamente, con gran gasto de tiempo y de energía psíquica, abandonando cada recuerdo y esperanza que une al sujeto con el objeto. Es un trabajo de constricción que se realiza junto a los seres queridos. Una cruel exposición pública, como puede ser la televisión, difícilmente ayude a dicha labor.

En los siglos XVIII Y XIX y en parte del XX, la muerte de una persona era un acontecimiento social. El duelante llevaba luto o crespón  y se consideraba  que estaba en estado vulnerable. Actualmente no es así, ya que las condiciones laborales y culturales hacen que la persona que pierde a un ser querido se vea obligado a trabajar rápidamente y a ocultar su dolor o a exponerlo como y show. Esta situación no favorece el normal proceso del duelo sino que actúa en  su detrimento, ayudando a la negación del mismo. En la posmodernidad lo que predomina es la lógica del consumismo y la producción. El poder empresarial trasmite como imperativo la necesidad del trabajo continuo a partir de crear necesidades de consumo cada vez mayores. Por un lado, se promueve el goce absoluto en el consumo y, por otro, el evitar el sufrimiento físico a través de analgésicos y el sufrimiento psíquico por medio de psicofármacos. Esto en una dinámica de aceleración del tiempo que implica no poder detenerse para dar lugar a los procesos psíquicos en los estados anímicos propios del duelo. No hay tiempo para llorar, hay que producir. Claro que la globalización trae como consecuencia también la marginación de muchos, que atentos al subsistir diario no pueden ni siquiera permitirse la tristeza. Las drogas más baratas permiten el momentáneo y frágil adormecimiento.

Retomemos a Freud: Cuando se han retirado las cargas del objeto perdido la labor del duelo finalizó y el yo está libre y exento de toda inhibición. Pero en la melancolía no ocurre esto. En el duelo se distingue claramente lo que el sujeto ha perdido. En la melancolía la pérdida es inconsciente y además es inconsciente lo que se supone que se ha perdido al perder el objeto. El sujeto no tiene conciencia de lo que perdió con la ausencia del objeto amado.

El melancólico muestra además una extraordinaria disminución de su amor propio, un considerable empobrecimiento de su yo. En el duelo el mundo aparece desierto y empobrecido; en la melancolía es el yo el que está desierto y empobrecido. El yo aparece como indigno de toda estimación, incapaz de rendimiento valioso alguno y moralmente condenable, se dirige amargos reproches, se humilla ante todos los demás y compadece a los suyos por hallarse ligados a una persona tan indigna. El cuadro se completa con insomnios, inapetencias y sojuzgamiento del impulso que fuerza a mantenernos con vida. El melancólico carece de todo pudor hacia los demás, lo que lo lleva a hablar de sus defectos y es probable que los tenga, sólo que los ve más claramente que en los estados normales. El paciente ha sufrido la pérdida de un objeto que ha tenido efecto en su propio yo. Una parte del yo se sitúa enfrente de la otra y la valora críticamente, como si la tomara por objeto. Freud dirá que la sombra del objeto recae sobre el yo. Pero si oímos pacientemente las múltiples acusaciones del melancólico, nos daremos cuenta que las más violentas resultan poco adecuadas a la personalidad del sujeto y en cambio pueden adaptarse a la persona que se ha perdido. Los reproches con los que el enfermo se abruma corresponden a otra persona -con la que el yo se ha identificado- y se dan cuando la elección de objeto tuvo lugar sobre una base de identificación narcisista.

La melancolía toma una parte de sus caracteres del duelo y otra del proceso de regresión por la elección de objeto narcisista. La pérdida del objeto constituye una excelente ocasión para hacer surgir la ambivalencia de las relaciones amorosas, similar a la estructura de la neurosis obsesiva: el sujeto se reprocha haber ocasionado la pérdida del objeto amado o de haberla deseado. Las causas de la melancolía son todos los casos de ofensa, postergación y desengaño que pueden introducir en la relación con el objeto, una antítesis de amor y odio o intensificar una ambivalencia  preexistente. El tormento que el melancólico se inflige a sí mismo significa las satisfacciones de tendencias sádicas y de odio orientadas hacia un objeto, pero retrotraídas al yo. Una parte retrocede hasta la identificación y la otra, bajo el influjo de la ambivalencia, retrocede hasta la fase sádica. Esto nos aclara el enigma de la tendencia al suicidio, que tan interesante y peligrosa hace a la melancolía. Ningún neurótico experimenta impulsos suicidas que no sean homicidas, orientados primero hacia otras personas y vueltos luego contra el yo. El insomnio de la melancolía testimonia la rigidez de este estado, es decir, de la imposibilidad de que se lleve a cabo la retracción general de las cargas, necesaria para el establecimiento del estado de reposo. Existe una especie de hipervigilancia que no permite retraerse del mundo; en el fondo, lo que se vigila es el propio surgimiento de los impulsos agresivos. Actualmente el duelo puede darse en forma encubierta, hay un imperativo a seguir, a estar bien. El fondo de melancolía queda tapado por la intensa actividad, donde muchas veces los psicofármacos están al servicio de tal negación.

El paulatino desligamiento de la libido es un carácter común del duelo y de la melancolía; se basa en las mismas circunstancias económicas y obedece a las mismas tendencias. Pero en la melancolía la relación con el objeto queda complicada por la ambivalencia. “En la melancolía se urde una multitud de batallas parciales por el objeto; en ellas se enfrentan el odio y el amor, el primero pugna por desatar la libido del objeto, y el otro por salvar del asalto esa posición libidinal. A estas batallas parciales no podemos situarlas en otro sistema que el Icc, (…) Ahí mismo se efectúan los intentos de desatadura en el duelo, pero en este caso nada impide que tales procesos prosigan por el camino normal que atraviesa el Prcc hasta llegar a la conciencia. Este camino está bloqueado para el trabajo melancólico, quizás a consecuencia de una multiplicidad de causas o de la conjunción de estas.”[2]

Puede pensarse que uno está de duelo por quién era lo suficientemente importante para uno como para sentir que en algún punto lo completaba, lo colmaba; entonces puede aparecer la sensación de desvalimiento y el preguntarse: “¿para quién, para qué seguir viviendo?”. En este punto, cuando los duelos quedan detenidos, podemos hablar de depresión endógena y se puede caer en el suicidio. El sujeto se piensa sin salida y puede producirse lo que se llama un pasaje al acto. A veces el suicidio es un arrebato, otras veces la escena viene planificada. En este caso es mucho más fácil trabajar en terapia, se trabaja con lo que puede desear,  en un intento de articular su fantasma y se aspira a  modificar ese muro gris, que el sujeto ve como su futuro. Por lo general, se trata de aumentar las frecuencias de las sesiones para que el paciente pueda dialogar. Si tomó la decisión de quitarse la vida, puede que no tenga ansiedad y no quiera hablar del tema; es el momento de preguntar rápidamente. Se trata de que mate lo que no le gusta de su vida y no de que se mate él. La posibilidad de que pueda hablar de ello -de poner en palabras aquello que le ocurre- impide generalmente el pasaje al acto.

Ahora bien, que  para Freud el objeto del duelo sea reemplazable, fue cuestionado posteriormente por varios psicoanalistas, entre ellos por Jean Allouch, quien en su libro: “La erótica del duelo en tiempo de la muerte seca”[3], afirma que el objeto es irremplazable y que lo que se modifica es el vínculo con lo que se perdió. Freud, sostiene la teoría de que el objeto se puede reemplazar pero, sin embargo, se contradice en el texto de “La transitoriedad”, de 1915, donde afirma: “¿por qué este desasimiento de la libido de sus objetos habría de ser un proceso tan doloroso? No lo comprendemos, ni por el momento podemos deducirlo de ningún supuesto. Sólo vemos que la líbido se aferra a sus objetos y no quiere abandonar los perdidos aunque el sustituto ya esté aguardando.”[4] Años más tarde, en una carta que le envía a Sandor Ferenczi, en relación a la muerte de su hija, le dice que se trata de una herida amarga, que es irreparable y narcisista.

Lacan afirma que duelamos a quien éramos para él su falta, es decir su falo. Se hace muy difícil realizar un duelo por quien veníamos a completar. Si a la pregunta de qué quiere el otro de mí, respondemos: que lo complete, nos convimos en lo que le falta al otro. Al perder a quienes completamos se produce una vacilación fantasmática, por lo que es necesario que deba haber un proceso para reencontrar nuestro deseo.

La demanda social hace que el duelo pase a ser psíquico. En terapia, por lo general, no hay interpretación sino una construcción, una rememoración, tratando de contornear el vacío que dejó esa persona que se fue. Y se lo hace recordándola en sus cualidades buenas y malas, porque es hablando de esa persona que el duelante puede dejarla en un nostálgico recuerdo y proseguir con su vida. Esto no sucede en la exposición descarnada de la televisión, dónde sólo hay catarsis de parte del duelente y nada de contención por parte de los demás.

Muchas veces el duelo es un hecho traumático que debemos inscribir, poner en palabras, enlazando lo pulsional con los vocablos del preconsciente. Por este motivo, la poesía es la que mejor lo permite dentro de los géneros literarios. Porque si es difícil hablar del propio padecimiento en una situación traumática, este género lo permite por su plasticidad y polisemia. Lacan afirmaba que no era lo suficientemente poeta porque no llegaba a zarandear, a cuestionar, a jugar, lo sobradamente con los significantes como lo hace el creador poético.

Silvie Le Poulichet, en su libro La obra del tiempo en psicoanálisis,[5] habla del instante catastrófico, que es un tiempo de angustia máxima, donde el yo desaparece, porque lo imaginario queda desanudado. Este instante se produce por un presente apremiante, por ejemplo, recibir la noticia de la muerte sorpresiva de un ser querido. Esto produce en el sujeto un agujero en el tiempo que desvanece el pasado y el futuro, pero sobre todo en el presente no se tienen palabras para expresar lo que se siente.

El paciente podrá, recién en el análisis, acudir a las imágenes, a las palabras y a la angustia que faltaron para nombrar algo por primera vez que, sin embargo, ya había sucedido. No es el retorno de lo reprimido. Es cifrar lo ocurrido. No es un hecho que se reprimió, por lo tanto, no hay síntoma, no hay producción del inconsciente sino angustia.

En los pacientes en los que la inhibición está operando muy fuertemente, el ins- trumento que debemos utilizar es la construcción. Nuestra tarea será ayudar a poner en palabras lo sucedido. Muchas veces la significación de un hecho traumático ayuda a resignificar otros hechos anteriores. A posteriori, podemos darle otro sentido a lo que ocurrió. Y es aquí donde la poesía puede intervenir, ya que es polisémica por excelencia. Esto le hace decir a Chiozza: “Umberto Eco sostiene que el efecto poético surge de la capacidad del texto para generar lecturas distintas sin agotarse jamás completamente”.

Lacan, nos dice que debemos orientarnos por algo del orden de la poesía para intervenir como psicoanalistas. La metáfora y la metonimia, no tie­nen alcance para la interpretación si no en tanto son capaces de hacer función de otra cosa, para lo cual se unen estrechamente el sonido y el sentido. Es en tanto que una interpretación justa extingue un síntoma, que la verdad se expresa en forma poética.

No es del lado de la lógica articulada que hay que sentir el alcance de nuestro decir y lo primero que habría que hacer sería extinguir la noción de “lo bello”. Nosotros no tenemos nada bello que decir, es de otra “reso­nancia” de lo que se trata.

La poesía es imagen, analogía, metáfora. Se nutre de lo más íntimo y deja de lado la lógica y la racionalización. Es el mecanismo que brinda la posibilidad de metaforizar a través de figuras que se comprenden, sin necesidad de recurrir a la intelectualización. Por eso oficia de caja so­nora, de instrumento que permite expresar el dolor que se padece en el duelo; es la forma de considerar las cosas por afinidad sentimental, por participación empática.

En nuestra cultura nos ha quedado una parte de la prelógica que sub­siste en nuestras representaciones, de esta manera piensa el poeta. Todo verso es creación de un tiempo y un estar fuera de lo ordinario. El poeta no es un primitivo, pero sí ese hombre que reconoce y acata las formas primitivas, formas que, bien mirado, sería mejor llamar primordiales, anteriores a la hegemonía racional y que prosiguen luego de estas. El poeta acepta la dirección analógica, de donde nace la imagen, el poema, un cierto instrumento que cree eficaz. El mago veía en la dirección analógica su instrumento de dominio de la realidad. Lo que el poeta alcanza a expresar con imágenes es la transposición poética, de su angustia personal de ser. También el poeta debe cumplir la forma mágica del principio de identidad y ser otra cosa. Reconocimos en la actividad poética el producto de una urgencia que no es sólo estética, que no apunta sólo a la respuesta lírica, el poema. El poeta y sus imágenes constituyen y manifiestan un solo deseo de salto, de irrupción, de ser otra cosa.  Expresa con palabras-imágenes, que a la vez manifiestan lo más genuino del creador, así, como en los sueños, se formulan ideas, sentimientos, a través de las imágenes. En el territorio poético, las analogías surgen condicionadas, elegidas poéticamente, musicalmente. Todo poeta se apropia un poco del objeto que describe. El poeta no está interesado en acrecentar su conocimiento, en progresar. Asume lo que encuentra, que viene de él mismo, de lo no dicho anteriormente. La poesía es el género que más se acerca a la verdad del sujeto, porque parte de la emoción, y requiere que no predomine la defensa, sino en saber del inconsciente atravesado por la metáfora, a través de la sublimación. La herramienta del poeta son sus sentimientos, y con ellos dice, generalmente, a pesar suyo. Borges ha dicho: “Posiblemente la poesía sea un modo más vívido de decir la verdad, un modo más memorable de decir la verdad. Yo no concibo una poesía como falsa. Yo sé que si la poesía no parte de la emoción, es un error, yo no creo que la poesía sea un juego de palabras, un arte combinatoria; creo que la poe­sía tiene que estar justificada por la emoción, no me imagino un verso escrito sin pasión, sin emoción.”[6] En otros géneros literarios -como son la novela o el ensayo- el escritor puede tomar mucha más distancia, a través de los persona­jes, de lo que le es propio. Esta distancia equivaldría al disfraz del sueño, a la elaboración secundaria del mismo. Según Borges: “El poeta sería simplemente un amanuense de esa fuerza misteriosa que puede salir de su mente, en la cual, tal como creía el poe­ta Irlandés Yeats, estaba contenida la gran memoria, la memoria de to­dos los antepasados, y quizá la memoria de los arquetipos platónicos.”[7] Y esa fuerza misteriosa que sale de su mente, de la que habla Borges, es el saber del inconsciente del creador, que canta su verdad aún sin saber­lo. “Me parece absurdo buscar temas: los temas tienen que buscarnos a nosotros y encontrarnos”,[8] continua diciendo Borges. Y es así, porque los contenidos surgirán como formaciones sustitutivas para expresar nuestra verdad. Así, la poesía permite poner en palabras aquello que no se pudo expre­sar, enlazando lo pulsional al significante y al leerla nos conmociona porque remite a lo medular. Al respecto dice Borges: “En cuanto a la poe­sía, yo no sabría definirla, pero creo que eso demuestra que la poesía es algo esencial, ya que sólo pueden definirse las abstracciones; la poesía, en cambio, es tan esencial como la cercanía del mar, como la cercanía de una mujer o de la luna, por ejemplo, a quienes vemos siempre con antiguo asombro, antiguo y nuevo asombro. De modo que no hay que definirla ya que todos sabemos qué es. Creo que la poesía debe impre­sionar inmediatamente de un modo casi físico.”[9] Más cercana a nuestra emoción, la poesía, sus vocablos, conmueven nuestro ser; afirma más adelante: “Aquí tenemos este antiguo problema, el problema de la poe­sía; de cómo un idioma se llena de efectos mágicos, cómo con palabras que están registradas en un diccionario se llega a algo que se parece mucho a la magia, cómo no hay una diferencia esencial entre la música y la poesía.”[10]

Por eso la poesía permite expresar el dolor, las pérdidas, los duelos, para ir bordeando con palabras ese instante catastrófico de la ausencia de­finitiva. Esa falta tiene que ser transformada en la obra en sí: “Y quizá la desdicha sea mejor material poético que la dicha, como la derrota es mejor material que la victoria, porque la derrota tiene que ser transfor­mada en otra cosa, la desdicha también. La felicidad, en cambio, es un fin en sí misma y no necesita ser cantada; ya es una suerte de canto la felicidad.”[11]

La función de la escritura se ubica allí, en la posibilidad de recordar el objeto perdido trazo por trazo para dejarlo ir.

Diariamente nos encontramos en nuestro consultorio con pacientes que sufren la ausencia de un ser querido y que tratan de anotarla como pérdida. La escritura, entre otras expresiones artísticas, permite esta anotación, elaboración necesaria para el camino del duelo. Camino que permite aplacar el dolor y dejar ir, sin cámaras encendidas ni remedios mágicos.

 


[1] Sigmund Freud. Duelo y Melancolía, 1915, 1917. Obras completas, Volumen XIV, Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1984. Pág. 245

[2] Sigmund Freud. Duelo y melancolía. 1917. Op. Cit. Pág. 253,254.

[3] Jean Allouch: Erótica del duelo en el tiempo de la muerte seca, Editorial Cuenco de Plata, Buenos Aires, 1996.

[4] Sigmund Freud: “La transitoriedad” (1916 [1915]), en Obras completas, Volumen XIV, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1975, pp. 310-311

[5] Sylvie Le Poulichet: La obra del tiempo en psicoanálisis, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1996

[6] Jorge Luis Borges: Borges en la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Editorial Agalma, Buenos Aires, 1993, p. 47.

[7] Idem

[8] Idem

[9] Op. Cit.

[10] Op. Cit.

[11] Op.Cit

 

Ver, mirar, crear

Sección: Psicoanálisis


En esta nueva fase de la historia occidental predomina la lógica individualista que implica vivir aquí y ahora. Al mandato de gozar ahora se le suma la obligación de desarrollar un narcisismo flotante, es decir, tener cierta disponibilidad para adaptarnos a la fluidez y la aceleración. Todo cambia constante­mente, y nos deja sin posibilidades de poner en marcha nuestra puesta en juego acerca del deseo. Se trata de detener esta carrera y abrir un espacio y tiempo para interrogarnos. Aquello que no se dice, porque no hay palabras ni lugar que la sociedad ofrezca, deberá expresarse. De acuerdo con el último Lacan, el acento tendría que ponerse en los víncu­los interpersonales, en la inmixión de otredad en psicoanálisis. Un con­cepto desarrollado por él, que abarca a lo íntimo y lo externo. Al sujeto y al otro social. Cito a Eidelsztein: “Quizás el máximo desafío planteado al psicoanalista de hoy por la ideología social sea rechazar la certeza que afirma que la alegría, la tristeza, las ganas de vivir, la fuerza de hacer co­sas, el entusiasmo, el deseo sexual, etc., provengan de la carne -víscera o cerebro- y no se estimulen con fármacos -legales o prohibidos- sino de la relación con el Otro y al Otro”.[1] Los sujetos se expresan a través de lo que Freud denominó la “facultad del artista”. ¿Cuál es esa facultad? La de convertir la fantasía en una expresión artística. El creador da forma a determinado material hasta que corresponda a sus fantasías modifica­das, cancelando temporariamente la represión, obteniendo placer en ello y donde la sociedad también lo obtiene dándole sentido al objeto de arte. Desde esta perspectiva podemos ver al tatuaje, en algunos casos, como una expresión creativa socialmente aceptada y no como una flagelación. Desde el tatoo hasta las bandas de rock, pasando por toda expresión creativa en Internet el sujeto abre una grieta en la homogeneidad impuesta en la sociedad y sobre todo en los mass media. Se sirve de es­tos medios para manifestarse. Da a ver y oír un mensaje que, como un sueño en análisis, debemos descifrar.

En el Seminario 11 Lacan habla sobre la mirada. Dice que somos mirados antes de ver y que no miramos más que un sólo punto, aun cuando so­mos vistos desde todos. Es la mirada del Otro la que nos va a dar consis­tencia corporal e identidad. Es nuestro reflejo en las cuencas del Otro lo que nos unifica corporalmente. Al respecto, cito unos versos de Cortázar de su poesía “Bolero”: “Siempre fuiste mi espejo,| Quiero decir que para verme tenía que mirarte.”[2]

Con respecto a la mirada, Lacan diferencia entre el sueño y la vigilia: en esta última hay una elisión de la mirada, es decir, que falta ver en lo que miramos, no sólo en lo que ello mira, sino en lo que ello muestra. En cambio en el sueño se da a ver. Aquello que falta en lo observado pode­

 

mos homologarlo al objeto a, a la falta, a lo ausente. La mirada, en tanto objeto a, expresa la castración, la falta, lo ausente. Esto se contrapone con lo que sucede en la fotografía digital, que tiene cada vez más mega píxeles para intentar asir visualmente todo, se tiene la ilusión de que todo se da a ver, pero -aún así- nuestra mirada elide lo observado por­que, como ya dijimos, miramos a través de nuestro lente: el fantasma.

Lacan dice además en este mismo Seminario 11, que cuando existe una reciprocidad entre la mirada y lo mirado, el sujeto desaparece. Porque si no existiese interpretación personal en lo que miramos, si fuéramos como cámaras digitales o especies de copiadores visuales hiperrealistas, no habría margen para nuestra distorsión subjetiva. Y es allí, en nuestra distorsión donde aparece el marco a través del cual miramos nuestra realidad: el fantasma. En análisis trataremos de truncar ese punto últi­mo de mirada ilusoria, en cuanto a la idea de completud tanto nuestra como del otro, porque la mirada es la que elude más completamente el término de la castración. Realizar una obra implica hacer andar la rueda del deseo, asumir que no se tiene todo, dado que se necesita hacer algo para expresarse y el modo de hacerlo compromete al fantasma.

Este objeto a, lo que se escapa de lo observado, es trabajado de distintos modos por diferentes creadores.

En todo cuadro se evidencia qué es lo que da a ver el artista y cómo se posiciona con respecto a dicho objeto.

Ciruelo,[3] artista argentino que vive en España, es daltónico y se desta­ca no sólo por sus dibujos sino también por sus petropictos, [4] técnica desarrollada por él en la cual dibuja sobre piedras, sin alterar su forma, sin cincelar, ni esculpir, encontrando figuras en ellas. Sufrir de dalto­nismo no le impidió ser reconocido mundialmente como uno de los más importantes ilustradores de la fantasía épica, género que representa una temática mágica o sobrenatural. Toma piedras y comienza a mirarlas, hasta encontrarles, en sus formas, algún sentido, algún dibujo que pin­ta sobre ellas sin tallarlas, respetando su relieve natural. La impresión es que las piedras dicen las imágenes, Ciruelo sólo las descubre y las saca a la luz. Busca liberar la forma de la piedra aprovechando su relieve natural, sus texturas y marcas. Logra así un resultado tridimensional, puesto que al mirarlas parecen talladas cuando en realidad son sólo di­bujos que se completan con pincel y aerógrafo.

El artista explica cómo es su método de trabajo: “Con pocos trazos lo­gro un efecto tridimensional. Pero a diferencia de las pinturas, no me considero el autor de estas obras. Soy un canal; existe un diálogo en­tre la piedra y yo. Muchas personas lloran al verlas; no por mi trabajo, sino porque reconocen que tienen la misma habilidad. Después ellos también ven cosas. Su percepción cambió para siempre.”  Ciruelo se considera integrante del grupo de personas que ven cosas que otros no ven. Invierte su situación real, pertenece al grupo que ve, en este caso fi­guras, dejando de lado su real limitación, que es la de no ver determina­dos colores. (…) Yo soy absolutamente daltónico -exclama-. Cuando digo esto genero todo tipo de comentarios graciosos, aunque para mí esto era algo trágico. Me marcó toda la vida. Los colores claros y los oscuros se me mezclan y no sé qué le llega a la gente de mi obra. Pero digamos que no veo la realidad como la mayoría de la gente. Porque veo otros colores, o los veo distorsionados.”

Ciruelo hace de esta dificultad su capacidad. Ve lo que no se ve a sim­ple vista. No ve determinados colores, pero ve formas que la naturaleza, representada en este caso en la piedra, parece expresar. Hace visible lo que estaba sólo disfrazado de ausencia. Hace de su doble castración su potencia. Doble en el sentido de su castración simbólica y de aquella que surge de su limitación en lo real. El objeto a toma forma en sus obras, a través de lo que dice la piedra. También es importante observar como la mayoría de sus dibujos muestran dragones, mujeres fálicas y hombres escudados y armados, a diferencia de sus petropictos donde lo que pre­domina es la ternura, reflejada en duendes, hadas y delicados animales. Es decir que, en las diferentes técnicas que utiliza, expresa distintas co­sas. Así, en sus dibujos los personajes aparecen más defendidos, mien­tras que en sus petropictos se muestran más vulnerables.

En Ciruelo se hace muy evidente la expresión atribuida a Paul Klee, en el sentido de que el arte no reproduce lo que es visible sino que hace visible lo que no siempre lo es. Como en los sueños, donde las imágenes muestran, dan a ver, son el medio por el cual en ellas se expresan pen­samientos a través de lo visual. Esa es la traducción que tenemos que hacer mediante la interpretación del relato de las escenas oníricas.

Es interesante ver cómo el objeto a -el menos , la castración, la ausen­cia- es trabajado en sus cuadros de manera diferente por distintos au­tores. Como ejemplo extremo mencionamos a Kandinsky, quien arribó al arte abstracto convencido de que sus pinturas resultaban mejores sin la presencia de objetos.


[1] Alfredo Eidelsztein: Las estructuras clínicas a partir de Lacan, Volumen II, Editorial Letra Viva, Buenos Aires, 2008, p. 253.

[2] Julio Cortázar: “Bolero”, en Salvo el crepúsculo, Grupo Santillana, Buenos Aires, 2004, p. 135.

[3] Ciruelo, es el seudónimo de Gustavo Cabral

[4] Petropicto es el arte de pintar sobre piedras

 

La falta de palabra en la clínica de la urgencia.

Sección: Psicoanálisis

La falta de palabra en la clínica de la urgencia. El psicoanálisis en las adicciones, los fenómenos psicosomáticos, el ataque de angustia y los trastornos de alimentación.

Prefacio de mi libro: La creación literaria, un juego para des-encontrar la palabra

Sección: Psicoanálisis


Al leerlo me doy cuenta que, tal como dice al final, he encontrado muchas respuestas y otras las sigo buscando. escribiendo.  Por supuesto han surgido otras nuevas. De eso se trata en parte la vida.Ahí va:

En el año 2003 presento un trabajo sobre psicoanálisis y literatura en las Primeras Jornadas Interdisciplinarias sobre la Subjetividad de Psicología y Filosofía, en la Universidad de Morón, luego me convocan a la Jornada de reflexión: El valor de la palabra y del acto, en el año 2004, en mi Colegio de Psicólogos del distrito XIV, Morón. A exponer sobre el tema. Algunos de mis colegas me piden el trabajo y surge la idea de dar un seminario, que se realiza en la Universidad de Buenos Aires, en el año 2005 y en el Colegio de Morón, en el 2006. El armado del libro lleva la impronta de esas clases. Recién allí es donde pienso en la posibilidad de hacer el ensayo, incursionando por primera vez en el género, dado que siempre publiqué poesías o cuentos.

En mi condición de psicoanalista y escritora busqué puntos en común entre ambas áreas, el psicoanalísis y la escritura. Se podría pensar que fue para encontrar La Unidad. Y aquí viene lo peor, o lo mejor: no lo logré, es decir no hay universo cerrado de discurso.

Por eso este libro tiene más preguntas que respuestas y muchas referencias, tanto a psicoanalista como a escritores, sobre todo a obras literarias. Es abierto, es un libro no terminado.

Como esta doble condición no ha sido (¿y no será?) resuelta, esto me exige seguir escribiendo y sospecho, con alegría y alarma, que me llevará mucho tiempo encontrar respuestas. Mientras tanto, escribo.

 

“No digas nada”

Sección: Psicoanálisis


“A veces cuando digo la verdad miento. Y no todas mis mentiras lo son. Mis palabras te miman y las siento verdaderas y si fuesen falsas las tomo como ciertas y abren mi apetito e inspiran mi deseo y mi fantasía y digo lo que creo que digo si no recuerdo mal. La verdad sobre si en verdad miento o en la mentira pronuncio la verdad podés encontrarla en el fondo de mis ojos cuando te miro, y sólo vos podés saber la verdad de mi verdad, o por lo menos eso creo o quiero creer.”

J. Nahabedian

Llegamos al mundo inmersos en una constelación familiar que nos antecede, con un nombre que no elegimos y que debemos aprehender como propio, que implica un lugar dentro de la historia familiar, circulo dinámico en el que intervenimos desde antes del nacimiento con los deseos conscientes e inconscientes que nuestra llegada despierta en nuestros progenitores, abuelos, tíos, hermanos. Este lugar determinado es lo que comúnmente se llama destino y que, desde el punto de vista lacaniano, podríamos denominar como lo real. “El bebé para constituirse subjetivamente se identificará primeramente con los padres, de ellos recibirá una marca simbólica, trazo identificatorio que le permitirá ser. Se lo marcará con un nombre, inscripción simbólica, que no es sólo un nombre sino que incluye la etimología del apellido, la novela familiar, pues uno se nombra como ha sido nombrado y al nombrarse nombra la relación de cada uno de sus progenitores, aquél que lo incluyó en el orden de las generaciones. Una identificación que es una inscripción inconsciente con eficacia simbólica, que particulariza e impide la repetición de lo idéntico. En cada inscripción se marca el lugar que el sujeto ocupa en el orden de las generaciones, que es único y que abre el camino a nuevos eslabones en el sistema de parentesco. Es en ese sentido que desde el psicoanálisis podemos pensar la identidad: ser inscripto por los padres en el sistema de parentesco reconociendo la igualdad y la diferencia, pues sólo siendo diferente puedo particularizarme. El sujeto no puede pensarse como autoengendrado ni siendo idéntico a otro. Pues al nacer, sostenido por el deseo de los padres, el subjetivarse será producirse como sujeto nuevo:”[1]

Deberemos apropiarnos de este nombre como de nuestra historia,  en una construcción que implica el proceso de nuestra subjetivación. La versión que nuestros padres nos dan de ella nos dejará margen para armar la propia.  ¿Qué sucede cuando la verdad de la que debemos apropiarnos crece en el mundo de la mentira, donde esta no es excepcional sino que es lo habitual, es la moneda corriente? Cuándo existen secretos familiares en relación a la identidad del sujeto, ¿éste, cómo se constituye como tal? Si la identidad se basa en el vínculo que se establece con las personas primordiales, con su consecuente identificación, esta se verá trastocada, y el sujeto padecerá el arrebato sufrido en relación a su propia historia. ¿Cuál es el camino que realiza un sujeto que debe apropiarse de su historia personal desde la tergiversación de un suceso que está en relación a su origen? “Sabemos efectivamente qué estrago, que llega a la disociación de la personalidad del sujeto, puede ejercer una afiliación falsificada cuando la coacción del medio se empeña en sostener la mentira.”[2]

Alguien que fue objeto de secretos que remiten a su filiación e identidad ha sido víctima de un hecho traumático. Freud afirma que este está más allá del principio del placer, no está regido por él  y se encuentra fuera de la cadena de representaciones inconscientes. Es lo ominoso que se repite por no haber sido inscripto, por no ser recordado.  En análisis podrá recuperar las palabras nunca dichas, y la verdad fracturada que  surge hará que pueda articularla con su deseo. Se trata de una verdad del inconsciente desmentida. En realidad no se trata de la búsqueda de la verdad sino del sujeto que la porta: “Si todo lenguaje analítico debe ser poético según la exigencia de Jaques Lacan, inspirándose en la poesía china, armar una versión de lo acontecido que como política del sujeto incidirá en lo público, le permitirá a aquél que inicie un trabajo analítico, convertirse en ese personaje esencial que es el vacío que circula por el poema.”[3]

El derecho de todo ser humano de poseer una filiación y tener conocimiento de ello está contenido en diferentes leyes de nuestro código civil. Por otro lado, la Convención de los derechos  del niño, contempla el derecho de éste a un nombre y a conocer a sus padres. La posibilidad de ejercerlo está en relación con el objeto tutelado: su identidad. Cercenarlo implica un atentado contra ella, produciendo un daño psíquico, que debe ser resarcido, dado que es deteriorante para la constitución subjetiva. Por lo que existe una protección jurídica del derecho a la identidad personal. Se reconoce que toda agresión a los derechos personales genera derecho al resarcimiento, siendo inimaginable dejar indefensa a la persona frente a una agresión de la magnitud que adquiere aquella que niega o desnaturaliza su verdad histórica- La identidad personal hace a la personalidad comola libertad o la vida.

Se considera que debe resarcirse por daño moral en el desmedro sufrido en los bienes extrapatrimoniales, que cuentan con protección jurídica. Este daño es el que se inflige a la persona en sus intereses morales tutelados por la ley, entre ellos la identidad. El artículo 1078 y 1099 del código civil hablan de ello.

 

Crecer desconociendo una verdad propia, verdad que los cercanos conocen implica la imposibilidad de  de barrar al Otro, de efectuar las operaciones necesarias para ello.  Aquello que los otros callan es percibido y reprimido. Queda distorsionada, negada la propia percepción. Podemos pensar en la desentimación. Yo impugno aquello que percibo en diferentes niveles, consciente e inconscientemente. Qué se entiende por renegación, el diccionario de psicoanálisis dice: “Término utilizado por Freud en un sentido específico: modo de defensa consistente en que el sujeto rehúsa reconocer la realidad de una percepción traumatizante, principalmente la ausencia de pene en la mujer. Este mecanismo fue especialmente invocado por Freud para explicar el fetichismo y las psicosis…Mientras el neurótico comienza reprimiendo las exigencias del ello, el psicótico comienza por renegar la realidad…El fetichismo perpetúa una actitud infantil haciendo coexistir dos posiciones inconciliables: la renegación y el reconocimiento de la castración femenina… Esta escisión debe diferenciarse de la división que instituye en la persona toda represión neurótica:

1)    Se trata de la coexistencia de dos tipos distintos de defensa del yo, y no de un conflicto entre el yo y el ello.

2)    Una de las defensas del yo afecta la realidad exterior: renegación de una percepción.”[4]

La renegación que promueve la mentira aparentemente es por el supuesto bien del sujeto, generalmente lo que se puede observar es una intención de no mostrar la propia falta por parte del familiar directo. Lo que puede funcionar como una verdadera bomba de tiempo para aquellos que han realizado la mentira, dado que conforme crece el niño más interrogantes puede llegar a formular. Al mandato de “no preguntes”, se le suma el de “no crezcas”.

Las preguntas y dudas acerca del propio origen quedan reprimidas, así como la percepción de aquellos elementos que pueden hacer ruido en la historia del paciente. Al respecto artículo: “Me lo debo haber imaginado yo”[5], refiere cómo en los casos de abuso el sujeto se arma una versión similar a la que el victimario lo relata.  El goce masoquista de estar sometido al Otro condiciona al sujeto en esta oportunidad.

El niño capta que todo interrogante sobre las fracturas discursivas que los mayores tienen, acerca de su historia, queda totalmente vedado, en una prohibición que, por ser inconsciente, ejerce una influencia aplastante en él. ¿Cuáles son las consecuencias psíquicas que el secreto sobre la identidad produce? Pueden ser muy diferentes de un sujeto a otro y entre diferentes estructuras. En psicoanálisis nos manejamos con lo particular. Si la historia personal es determinante, las consecuencias pueden ser tan dispares como personas padecen el secreto. Lo importante es respetar las particularidades sin tener la intención de inyectarles la teoría, así como alguna vez les impusieron la mentira. Si bien no se puede generalizar, solemos ver en la clínica pacientes de diferentes edades que han tenido dificultades de aprender y aprehender sus verdades históricas. Estas dificultades suelen traducirse sintomáticamente en relación al saber. Podemos ver entonces chicos con problemas de aprendizaje o adultos curiosos, con  una predisposición investigativa donde predomina la pulsión escoptofílica, esa búsqueda por el saber, que en definitiva es el saber del inconsciente.  Pero ser sabio es perder el paraíso, es saber de la castración. La gran energía que debe utilizarse en la renegación se sustrae a la natural curiosidad y deseos de investigación entonces estamos en la inhibición. La escoptofilia está relacionada fundamentalmente con la mirada, que es su objeto y que la satisface. No es el sujeto al que se satisface, sino a este cuando coincide con la mirada. En una familia donde rige el secreto familiar el eje es el saber. Algunos pueden estar inhibidos y otros buscarán respuesta en otros lugares. Algunos tendrán dificultades de aprendizaje y otros serán intensos investigadores.

Una paciente de 18 años llegó al consultorio por su dificultad para dar el examen de la materia historia. Durante 18 días les había ocultado a los padres el hecho de haberse llevado la materia. Era adoptada pero lo desconocía totalmente. Su desconocimiento consciente se manifestaba de manera sintomática: incurría en mentiras de las que no podía dar cuenta el motivo y, a pesar de ser muy buena alumna, no podía estudiar historia. Su propia historia estaba en juego. Durante su análisis, ella tuvo que apropiarse de esta. Es decir, se le comunicó que había sido adoptada, y a pesar de saber la verdad, no era su verdad. Tenía que construirla. Tenía que autorizarse a interrogar. Creció sin conocer el secreto de su origen. El secreto durmió cobijado en su casa, en ella fabricaron tenazmente su escondite. Era la historia prohibida en la página rota del álbum familiar. No fue el hecho de  su adopción lo que hace síntoma en ella, sino el acuerdo implícito, inconsciente, entre ella y sus padres de mantener este secreto. Ella no lo conocía y sin embargo parecía decirlo. Por lo general se habla de la mentira como algo excepcional que crece en el territorio de la verdad. Aquí no era así, la realidad dominante era la mentira, era la transmisión que había recibido, desde siempre, de su propia historia. Ella creció aceptándola, pero percibió, de alguna manera, que no era cierta y a esta percepción, a este saber lo tuvo que reprimir, amordazando sus interrogantes. Es decir: si tomamos el hecho de su imposibilidad de contar a sus allegados que repetía el año, nos preguntamos ¿a qué verdad inconsciente se refería con él?, si el síntoma es una verdad que se repite ¿a cuál  remitía con sus dificultades en la trasmisión de estos hechos? Seguramente a la que involucraba su existencia desde su propio origen, a la la verdad surgida de su saber inconsciente. Saber que se abría paso con su síntoma con el que respondía e interrogaba, ocultaba  y mostraba. Pero, una vez trasmitidos los hechos tal cual fueron, es decir una vez comunicada su adopción en el consultorio, no insistirá en saber. Que ella conozca los hechos no hace que los elabore. Queda un largo camino entre la verdad recibida y la adquirida como propia. Porque sus dificultades no se resuelven con la revelación de un hecho comprobado, sino por la construcción que ella pueda ir realizando de los sucesos.  Dice Lacan: “En el análisis es esencial no desviar al sujeto de la realización de lo que es buscado. Es importante que el sujeto haga  la realización plena y entera de lo que ha sido su historia… ¿Qué es un análisis? Es algo que debe permitir al sujeto asumir plenamente lo que ha sido su propia historia…La historia es una verdad que tiene como propiedad que el sujeto que la sume depende de ella en su constitución misma de sujeto y esta historia depende también del sujeto mismo, pues él la piensa y la repiensa a su manera…La experiencia psicoanalítica se sitúa para el sujeto sobre el plano de su verdad…”

La dirección de la cura consistirá  en que conquiste, construya su saber con respecto a ella. Se tratará pues, de acompañarla para que se adueñe de su historia y no que tenga que darla en un examen.DiceLamorgia: “La verdad histórica estará supeditada al espectro de significacionesque puedan irse decantando y no a la concurrencia abroquelada de los hechos en sí con su correspondientes enunciados. Significaciones que, metodológicamente
se irán produciendo merced a dos herramientas privilegiadas: La construcción y la interpretación.”[6]



Según Mabel Meschiany: “Cuando hablamos de secretos que tienen efecto traumático nos referimos a aquellos secretos que guardan vergüenza y dolor, para la persona y la familia, y que al instalarse en un sistema dificultan las relaciones y la comunicación y producen desconfianza, confusión y son fuente de malestar y enfermedades”. [7]

El sujeto crece desestimando sus propias percepciones e intentando confiar en quién le miente. El otro que debe ser fuente de confianza y seguridad, no lo es. El sujeto lo percibe a nivel inconsciente pero por alienación al Otro, toma a la mentira como verdad. No se permite cuestionarla. En este sentido el trabajo es similar a cualquier sujeto. Deberá armar su verdad.

 


[1] Psicoanálisis, restitución, apropiación, filiación. Derecho a la identidad. Alicia Lo Goúdice. Pág. 36 y 37

[2] Lacan j. “Función y campo de la palabra y el lenguaje en psicoanálisis”. Escritos I. Prefasio.

[3] Psicoanálisis, restitución, apropiación, filiación. Hacia una construcción poética. Alicia Lo Giúdice. Pág. 25

[4] Diccionario de psicoanálisis. Laplanche y Pontalis. Ed.Paidós. Buenos Aires. Año 1996.

[5] http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-188621-2012-03-01.html

[6] Oscar Lamorgia. Herejías del cuerpo. Actualizaciones en psicosomáticas. Letra Viva. Buenos Aires.

http://mabelmeschiany.com/notas_articulos/develando.htm

¿El ataque de pánico es una problemática actual?

Sección: Psicoanálisis

 

Ataque de pánico es la denominación con que el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales (DSM-IV) describe –en su capítulo de “Trastornos de ansiedad”- un cuadro de síntomas orgánicos con que los pacientes suelen presentarse a la consulta media, especialmente en los consultorios de guardia de las instituciones de salud, donde –por lo general- se procede a medicarlos.

En realidad, la descripción del ataque de pánico tiene mucho que ver con la que hace Freud cuando habla del ataque de angustia. La angustia como tal es un afecto que no miente, que surge repentinamente y que nos compele a acallarla. Pero el rótulo de ataque de pánico incita a pensar en cierta dramaticidad, detrás de la cual es posible que exista la intención de buscar rápido alivio en la medicación.

Las características con que Freud describió el ataque de angustia son las mismas que el DSM-IV establece para el ataque de pánico. Ya, desde 1894, en su artículo “Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de «neurosis de angustia»”,[1] explica el cuadro de neurosis de angustia en relación con las neurosis actuales.

Llama entonces neurosis de angustia al complejo en el cual todos los síntomas pueden agruparse alrededor de la angustia. Luego da a conocer su sintomatología:
1. La irritabilidad general.
2. La expectativa angustiada.
3. La angustia que puede mantenerse latente para la conciencia “pero en continuo acecho.” Puede aparecer sola o bien con ideas de “aniquilación de la vida” o como “la amenaza de volverse loco.”
4. Perturbación de una o de varias funciones corporales, como la respiración -falta de aire-, la inervación vasomotriz, la actividad glandular -oleadas de sudoración, especialmente nocturno- y la actividad cardíaca -espasmos en el corazón, palpitaciones, arritmia breve, taquicardia persistente, síntomas estos que hacen difícil distinguir el cuadro de una afección cardíaca orgánica-..
5. Terror nocturno.
6. Ataque de vértigo.
7. Fobias.
8. Perturbaciones en la actividad digestiva.
9. Parestesias.
10. Cronicidad de varios de los síntomas mencionados anteriormente.

Para Freud, la angustia no está estructurada como un síntoma – hay que tener en cuenta el momento en que escribe este artículo-, no tiene lo que llamaríamos hoy -tomando los desarrollos posteriores del tema- una estructura de metáfora, de retorno de lo reprimido. En su artículo, afirma que no se tramitaría mediante la palabra, porque es actual y no surge de la historia del sujeto. La angustia sería producto de la acumulación de energía que queda libre, flotante y no es representada en el lenguaje.

De este modo, podemos relacionar el ataque de angustia directamente con el actual diagnóstico de ataque de pánico que, según el DSM-IV, presenta las siguientes características: “aparición aislada y temporal de miedo o malestar intensos, que se inician bruscamente y alcanza su máxima expresión en los primeros 10 min.” Suele acompañarse de una sensación de peligro o de muerte inminente y de una urgente necesidad de escapar. Sus síntomas son:
“(1) palpitaciones, elevación de la frecuencia cardíaca
(2) sudoración
(3) temblores o sacudidas
(4) sensación de ahogo o falta de aliento
(5) sensación de atragantarse
(6) opresión o malestar torácico
(7) náuseas o molestias abdominales
(8) inestabilidad, mareo o desmayo
(9) desrealización (sensación de irrealidad) y despersonalización (estar separado de uno mismo)
(10) miedo a perder el control o volverse loco
(11) miedo a morir
(12) parestesias (sensación de entumecimiento u hormigueo)
(1) escalofríos y sofocaciones.” [2]

Podemos observar la similitud de los criterios diagnósticos para el ataque de pánico del DSM-IV, con los que Freud estableció con relación al ataque de angustia. Podría suponerse que los ítems parecen obtenidos del texto de Freud.

Freud trabaja el concepto de angustia en su texto “Inhibición, síntoma y angustia”[3] y Lacan en el Seminario 10, La angustia.[4] A la luz de estos dos textos fundamentales, podemos afirmar que la angustia es angustia de castración, un afecto displacentero, que implica un aumento de excitación que deberá descargarse. El llamado ataque de pánico es la angustia no ligada que se descarga en el cuerpo, con la sintomatología descripta anteriormente.

Dice Freud: “La angustia de las zoofobias es, entonces, una reacción afectiva del yo frente al peligro; y el peligro frente al cual se emite la señal es el de la castración. He aquí la única diferencia respecto de la angustia realista que el yo exterioriza normalmente en situaciones de peligro: el contenido de la angustia permanece inconciente, y sólo deviene conciente en una desfiguración.”[5] Aquí, Freud diferencia el miedo frente a un peligro real -por ejemplo, un oso que nos persiga- de la fobia – “el tigre de papel”- como dirá Lacan.[6]

El DSM-IV sintomatiza la angustia, cuando no se puede confundir a la angustia con el síntoma. En realidad, el síntoma es creado para evitar la situación peligrosa que la angustia señala. Al respecto, Lacan dice: “Por el contrario, lo que he dicho del afecto es que no está reprimido. Esto Freud lo dice igual que yo. Está desarrumado, va a la deriva. Lo encontramos desplazado, loco, invertido, metabolizado, pero no está reprimido. Lo que está reprimido son los significantes que lo amarran.”[7] El trabajo analítico consistirá en ligar dichos significantes con el afecto.

Sin embargo, debemos reconocer que en la actualidad la falta de contención social y los cambios ocurridos globalmente, contribuyen al aumento de consultas por este tipo de casos.

Para entender el miedo líquido, concepto que acuñó Bauman, vamos a introducirnos en el tema de la fobia.

La fobia no es una entidad clínica sino una plataforma giratoria. Vira hacia la histeria o la obsesión. El paciente con estas características puede presentar un discurso por momentos histérico y por momentos obsesivo. Lo que angustia en la fobia es el objeto fobígeno, donde el objeto está puesto en función significante. Es decir, que en la fobia hay una falla en la metáfora paterna, porque el padre no ha podido realizar totalmente la función simbólica de corte entre la madre y el niño, porque no ha sido el representante de la Ley. El fóbico suple esta dificultad con la restricción en su espacio de movimientos. De ese modo, evita la angustia.

El ejemplo que desarrolla Freud con relación a la fobia es el caso Juanito,[8] un niño que le tenía miedo a los caballos lo que le impedía transitar libremente, donde plantea que su miedo, en realidad, era el miedo a la castración. Lacan retoma este caso y afirma que existió una falla en la función paterna.

El fóbico quedaría así en un tiempo donde intenta suplir esta falla, donde el temor a la castración simbólica es reemplazado por el temor al objeto fobígeno. De todos modos, la fobia es estructurante en el sentido que organiza al sujeto permitiéndole suplir en lo imaginario esa falta y alejarlo así de la desestructuración que pudiera implicar una psicosis. El objeto fóbico tiene a su cargo la tarea de anunciarle al sujeto, mediante la señal de angustia, la proximidad del trauma que -a causa de ella- queda diferido.

Desde la óptica lacaniana, se podría pensar que la angustia, en relación con el sistema significante, se encontraría en peligro, que no amenaza la vida del individuo sino aquello por lo cual llega a ser representado, es decir un sistema significante que asegura su relación con el Otro. Ese significante padre es un punto donde el significante se derrumbaría y el peligro es la angustia de castración, la aceptación de la castración en la madre con una metáfora paterna fallida. La pulsión, en su circuito de retorno del objeto a la fuente, posee una propiedad singular: producir al sujeto, hallar un segundo significante que podrá representar al sujeto ante el primero.

La fobia es la evitación de ese significante segundo que daría lugar a la aparición del sujeto y su consecuencia: la castración, que implica que en ese trayecto el objeto a debe ser perdido siempre. Es la búsqueda del objeto causa de deseo que da cuenta de dos cosas: la aparición del sujeto y su castración. Es en el momento en que el objeto cae, que el sujeto se produce y se eclipsa. La angustia sería ese tiempo de suspenso donde el trayecto de la pulsión enloquece alrededor del a, sin alcanzar el segundo significante. El objeto fóbico es un objeto del mundo elevado a la dignidad del objeto a. No es un objeto. Es una duplicación imaginaria del objeto a mediante la cual el fóbico pone en escena una verdad estructural: hay un límite en el ser hablante. Falta un significante, por eso el Otro está barrado.

La fobia busca la nominación. Es decir, si observamos los estudios psiquiátricos de la fobia vemos que existe una clasificación casi infinita de fobias que etiquetan y nombran, pero que no llegan al fondo de la entidad. La nominación es sólo etiquetar, no puede efectuar este segundo significante que represente al sujeto.

Si el sujeto queda en ese tiempo de velar la castración materna, la fobia lo estructura, pues si existe una falla en la operatoria de la metáfora paterna ella permite encuadrar al mundo -que quedará delimitado- donde lo peligroso puede ser evitado para que no surja la angustia. Así, se efectúa una amputación imaginaria del espacio y estos quedan organizados entre lo transitable y lo que no es transitable. Al no existir una castración simbólica, el sujeto paga un tributo al Otro desde lo imaginario.

En el Seminario 16, De un Otro al otro, Lacan plantea que en la perversión la falta fálica en la mujer es tapada, enmascarada y colmada, por el fetiche. El perverso provee al Otro de algo que lo colma, que reemplaza su falta fálica. Del campo de la perversión llega a la fobia, a la que juzga intermediaria. Subraya así el límite, la frontera entre lo imaginario y lo simbólico. Dice que en la fobia no se trata enteramente de una entidad clínica sino de una encrucijada, de algo que debe ser elucidado en sus relaciones con aquello a lo que vira. Generalmente. a los dos grandes órdenes de la neurosis: histeria y neurosis obsesiva. Pero también, por otro lado, por la juntura que la fobia realiza con la estructura de la perversión. No se trata de algo aislable desde el punto de vista clínico sino de una figura clínicamente ilustrada de un modo restallante sin duda, pero con contextos infinitamente diversos.

La fobia no es una estructura neurótica sino que se halla al margen y en la encrucijada de los otros cuadros, sea como un momento de pasaje entre los mismos o incluso incluida dentro de ellos. La fobia es eficaz pues el niño teme a tigres que ha visto en sus libros, tigres que son realmente de papel; el sujeto, ante una angustia intolerable, no tiene otro recurso que fomentarse el miedo a un “tigre de papel”, cuya función es la juntura entre lo imaginario y lo simbólico, es decir la operatoria de la castración.

Muchas veces, esta falla del padre en establecer la metáfora paterna -es decir, de reemplazar el deseo de la madre por la ley del padre- se resuelve, de algún modo, por mediación de la sociedad y de sus instituciones, como los representantes de la Ley, como el Otro social que la establece.

En la actualidad, esto desfallece porque la pérdida de las garantías es absoluta, lo que conlleva a un recrudecimiento de la patología como tal. Afirma Bauman: “Si la idea de una sociedad abierta representó originalmente la determinación de una sociedad libre, orgullosa de su apertura, hoy evoca en la mayoría de las mentes la experiencia aterradora de unas poblaciones heterónomas y vulnerables, abrumada por fuerzas que no pueden controlar ni comprender plenamente, horrorizadas ante su propia indefensión y obsesionadas con la seguridad de sus fronteras y de la población que reside en el interior de éstas, dado que es precisamente esa seguridad fronteriza e intrafronteriza la que escapa a su control y parece estar destinada a quedar fuera de su alcance para siempre, cuando menos, mientras el planeta continúe sometido a una globalización exclusivamente negativa, situación que, muy a menudo, no parece que vaya a tener fin jamás. En un planeta globalizado, habitado por sociedades abiertas a la fuerza, es imposible obtener seguridad en un solo país o grupo selecto de países: no, al menos, por sus propios medios ni de manera independiente de la situación del resto del mundo. Tampoco puede obtener justicia, condición preliminar de una paz duradera.”[9] Podemos ver la indefensión del sujeto, muy similar a las fuerzas arrolladoras y, muchas veces, incontrolables de la pulsión.

¿Qué entiende Bauman por globalización negativa? Todo lo que hacen todos los demás nos afecta y todo lo que hacemos afecta a los demás. “La perversa apertura de las sociedades que promueve la globalización negativa es, por sí sola, la principal causa de la injusticia existente y, consiguiente e indirectamente, del conflicto y la violencia. Como bien comenta Arundhatl Roy, “mientras la elite sigue viajando a su destino imaginario, situado en algún lugar de la cima del mundo, los pobres han quedado atrapados en una espiral de delincuencia y caos”. Fueron las acciones de Estados Unidos y de sus diversos satélites- el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional y la Organización Mundial del Comercio- las que “impulsaron fenómenos adicionales, subproductos tan peligrasos con el nacionalismo, el fanatismo religioso, el fascismo y, por supuesto, el terrorismo, que avanzan de la mano con el proyecto neoliberal de globalización”. El mercado sin fronteras es una fórmula perfecta para la fabricación de injusticias y, en última instancia, de un nuevo desorden mundial en el que sea la política la que pase a ser una continuación de la guerra por otros medios. La anarquía global y la violencia armada se nutren mutuamente, se refuerzan y se dan ímpetu la una a la otra.”[10]

La situación actual lleva a la percepción de la falta de leyes sociales justas y esto exacerba el miedo líquido e influye en la fobia como estructura, como modalidad de vínculo y como exasperada forma de panic attack.


[1] Sigmund Freud: “Sobre la justificación de separar de la neurastenia un determinado síndrome en calidad de «neurosis de angustia»” (1985 [1984]), en Obras Completas, Volumen III, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1986, pp. 85-116.

[2] American Psychiatric Association: “Trastornos de ansiedad. Crisis de angustia (panic attack)”, en DSM-IV, Breviario, Criterios Diagnósticos, Masson, Barcelona, 2000, pp. 201-202.

[3] Sigmund Freud: “Inhibición, síntoma y angustia” (1926 [1925]), en Obras Completas, Volumen XX, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1979, pp. 71-164.

[4] Jacques Lacan: El Seminario, Libro 10, La angustia (1962-1963), Editorial Paidós, Buenos Aires, 2006.

[5] Sigmund Freud: “Inhibición, síntoma y angustia” (1926 [1925]), en Obras Completas, op. cit., p. 120.

[6] Jacques Lacan: “El goce: su real. XX. Saber goce”, en El Seminario, Libro 16, De un Otro al otro (1968-1969), Editorial Paidós, Buenos Aires, 2008. p. 294.

[7] Jacques Lacan: “Introducción a la estructura de la angustia. I. La angustia en la red de los significantes”, en El Seminario, Libro 10, La angustia, op. cit., p. 23.

[8] Sigmund Freud: “Análisis de la fobia de un niño de cinco años” (el pequeño Hans) (1909), en Obras Completas, Volumen X, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1988, pp. 1-118.

[9] Zygmunt Bauman: Miedo líquido. La sociedad contemporánea y sus temores, Editorial Paidós, Buenos Aires, 2007, pp. 125-126.

[10] Ibídem, p. 126.

Fenómeno psicosomático

Sección: Psicoanálisis

 

 

A diferencia del resto de los animales, el ser humano nace desvalido, no puede valerse por sí mismo en absoluto, por lo que -para vivir- depende de su madre o de quien cumpla ese papel. A medida que obtiene independencia física también la obtiene en relación al proceso de subjetivación. Entonces, la díada madre-hijo -que en un principio implicaba la simbiosis- deja de ser tal cuando se constituye el sujeto y el objeto a la vez, en una doble construcción.

En este proceso podemos pensar la constitución estructural del Yo. En 1905, Freud escribe “Tres ensayos de teoría sexual”,[1] donde se refiere a la relación madre-bebé y a la noción de objeto libidinal, que no es un objeto externo sino indiferenciado que pasará del autoerotismo al narcisismo a través de la identificación primaria, acto psíquico donde el yo aspira a fusionarse con el objeto.

Dado que la relación con la madre es la matriz de todas las relaciones posteriores, los efectos de tales identificaciones con la ella serán duraderos y universales. En la constitución del yo tenemos que tener en cuenta que, en un principio, no hay un yo psíquico sino orgánico. Sobre el cuerpo biológico, que es sede de la necesidad, se suma la sexualidad. Determinadas zonas corporales son también sedes de la líbido y se constituyen en zonas erógenas.

Laplanche y Pontalis dicen, sobre la zona erógena, lo siguiente: “La teoría de la zonas erógenas, bosquejada por Freud en las cartas a W. Fliess del 6-XII-1896 y del 14-XI-1897, apenas ha variado desde su publicación en los Tres ensayos sobre la teoría sexual (…) Toda región del revestimiento cutáneo-mucoso puede funcionar como zona erógena, y Freud extiende incluso la propiedad llamada erogeneidad a todos los órganos internos (…) Pero algunas zonas parecen «predestinadas» a esta función. Así, en el ejemplo de la actividad de succión, la zona oral se halla fisiológicamente determinada a su función erógena; en la succión del pulgar, este último participa en la excitación sexual como «una segunda zona erógena, aunque sea de menor valor». (…) Las zonas erógenas son fuentes de diferentes pulsiones parciales (autoerotismo). Determinan, con mayor o menor especificidad, cierto tipo de fin sexual.

Si bien la existencia y el predominio de ciertas zonas corporales en la sexualidad humana siguen siendo un dato fundamental de la experiencia psicoanalítica, no basta para explicarlo una interpretación puramente anatomo-fisiológica. Conviene considerar que las zonas erógenas constituyen, en el origen del desarrollo psicosexual, los puntos de elección de los intercambios con el ambiente, al mismo tiempo que solicitan, por parte de la madre, la máxima atención, cuidados y, por consiguiente, excitaciones.”[2]

En los primeros tiempos, la criatura humana debe procesar con su psiquismo incipiente una gran cantidad de energía que se le presenta como angustia automática. Tendrá que simbolizar y ligar esta energía libidinal a representaciones. Para ello, es fundamental la función de la madre que ayuda a evitar la toxicidad pulsional -su exceso- haciendo de filtro, a través de su propio psiquismo. Aquí se podría formular la hipótesis de que las dificultades psicosomáticas comienzan si el bebé no recibe la contención necesaria para este mecanismo de representación, dado que el exceso de energía pasaría directamente al soma, lesionándolo.

También en esta época se construye la imagen corporal, integrando de esta forma psíquicamente las sensaciones táctiles, térmicas y cenestésicas, despertadas por el contacto estrecho con la madre. De ese modo, se constituye un cuerpo erógeno diferenciado del cuerpo orgánico original. Así, el yo es ante todo la proyección de una superficie y queda ligado al cuerpo en forma indisoluble.

Como en la fobia, el fenómeno psicosomático no es una estructura, ni un cuadro psicopatológico como tal. Puede aparecer en diferentes estructuras y momentos y tiene sus raíces en los primeros tiempos de la vida de un sujeto. Podríamos decir que son forcluciones localizadas, energía psíquica no ligada.

En el estadio del espejo,[3] Lacan afirma que el bebé pasa de la fragmentación a la unificación, a través de observar su imagen en el espejo, donde intervienen los tres registros. El simbólico, que implica esta posibilidad de representación, a través del significante, de la energía. Lo imaginario, donde la imagen en el espejo le posibilita al niño la idea de unificación corporal y lo real, que es aquello no representable. Es aquí donde se aloja el fenómeno psicosomático, se hace una inscripción directa en lo real del cuerpo. No interviene en la cadena significante y se produce el holofraseo, es decir que no hay un intervalo en el primer par de significantes S1 y S2, por lo tanto no cae el sujeto ni el objeto a. No se produce un significante para otro significante. Es la palabra con sentido unívoco donde no hay metáfora ni metonimia. Por lo general, es un imperativo que proviene del gran Otro y orada el organismo del sujeto. No hay mediatización simbólica posible, el conflicto se materializa en el cuerpo que, de ese modo, funciona como un cifrado. No existe la representación simbólica de la lesión corporal y no hay lugar para la interpretación de aquello que no fue reprimido. Es un goce autoerótico local y congelado. Por eso hablamos de forclusión y holofrase.

Dice Araceli Fuentes que “La holofrase es un término tomado de la lingüística que le sirve [a Lacan] para dar cuenta de toda una serie de casos en los que el significante se presenta pegado, no separado por el intervalo significante, correlativamente el goce que debería descontarse queda ahí fijado. En la holofrase el significante pierde su valor simbólico y se imaginariza. El modelo de la holofrase le sirve para dar cuenta de una serie de casos: la psicosis, la debilidad mental y el FPS. En cada uno de ellos lo rechazado es algo diferente, en el FPS nos encontramos con que “lo rechazado”, no en el sentido de reprimido sino más bien de “forcluido”, es el inconsciente y por tanto el sujeto. No hay sujeto en el FPS, el goce que en el se fija no ha sido cifrado por el inconsciente.”[4] [El texto entre corchetes es mío].

Así es como el goce queda registrado en el cuerpo, haciendo presente al objeto a, es decir, dando cuenta de la falta. Es en el discurso del paciente en el que aparecerá la holofrase, que está relacionada con las situaciones extremas, como por ejemplo, cuando el sujeto queda enganchando en una relación especular con el Otro.

Como psicoanalistas, trataremos de ubicar los enunciados “que manifiestan la dimensión de un goce impuesto que no deja intervalo entre los significantes ni lugar vacío para el sujeto. Los enunciados “holofraseados” [que] no siempre emergen de la misma manera, (…) [para el sujeto, si no como] ciertas frases escuchadas en diferentes momentos de su vida y que siempre habían tenido el mismo efecto sobre él, no entender su sentido y sentir que se le imponía un goce que lo congelaba y al que no podía responder.” [El texto entre corchetes es mío][5]

Al respecto, dice Le Poulichet: “Hay que seguir además el hilo de las proposiciones freudianas relativas a las primeras experiencias perceptivas de los gritos para tratar de despejar las características de un tiempo identificante correlativo de la presencia del deseo, y para situar la hechura de los lugares del cuerpo (…) Una distinta versión de la experiencia primordial de los gritos permitiría situar el advenimiento de la presencia de la ausencia como fundamento de la temporalidad psíquica.”[6]

Durante la terapia, el analista deberá vaciar de sentido a esta palabra-frase, para posibilitar -de ese modo- el camino asociativo. Lamorgia afirma que: “El testimonio vivo de la forclusión local es la holofrase, porque a través de ella es donde aparecen dos o más significantes que están gelificados, el analista lo que hace es desconstruir esta palabra frase (…) Entonces, dicha ruptura abre camino a una malla asociativa que tiene que ver con algo abolido, habría un signo perceptivo no ingresado en la cadena.”[7]

Para los psicoanalista lacanianos, el sujeto nace alienado al Otro y luego debe separarse, liberarse de él, logrando así la libertad y la autonomía. Para Lacan, el sujeto adviene marcado por un efecto letal debido a que nace de la dupla significante -lo que designa como alienación- y lo único que lo salva o lo rescata de este efecto letal es el encuentro con el deseo del Otro – lo que designa como separación- pero no del Otro, sino de la mortificación causada por la dupla significante considerada sincrónicamente.

Diferenciación entre el síntoma y el fenómeno psicosomático. ¿Represión o inscripción?

En los fenómenos psicosomáticos es necesaria la intervención de la medicina y del psicoanálisis. Generalmente, el paciente es derivado al médico para descartar algún proceso orgánico grave y evitar el psicologismo. A veces, el paciente llega derivado por el médico con un diagnóstico.

Lo que se observa es que el paciente no se implica para nada en su enfermedad. Por lo general, la explicación que la medicina le da tiene un tinte fatalista: la predisposición genética, las situaciones ambientales que afectan a la biología, el estilo de vida dentro de la cultura que habita, cualquier motivo que no lo lleve a cuestionarse o implicarse. Si el proceso es de larga data y ha producido lesión de órgano el paciente lo soporta como algo inevitable, si es reciente o no produce consecuencias orgánicas profundas, tiende a ignorarlo. No le molesta -como sí lo haría un síntoma- no lo interroga, el sentido que le da viene a tapar el enigma que puede despertarle y, con ello, toda posibilidad de asociación; queda así en el orden del signo.

Para diferenciar el fenómeno psicosomático del síntoma conversivo, es necesaria la escucha analítica, donde el sujeto –mediante su enunciación- mostrará qué lugar ocupa dicho fenómeno. Sin lugar a dudas, para diagnosticar un fenómeno psicosomático debe existir una lesión en el cuerpo, al contrario de lo que ocurre con el síntoma histérico que sólo afecta el funcionamiento de alguna parte del cuerpo, pero sin que exista una lesión propiamente dicha. Recordemos que en la histeria se trata del cuerpo imaginario, que es el delimitado por el significante.

Entonces, es el discurso del sujeto el que nos mostrará si para él es algo enigmático o si es algo sobre lo que ya tiene una explicación unívoca que no permite asociación. Como sabemos, los contenidos inconscientes reprimidos se manifiestan a través de las formaciones sustitutivas, los sueños, los actos fallidos, los lapsus linguis. El síntoma es también una de estas manifestaciones –al que se entiende como una solución de compromiso entre la pulsión y su defensa- y que convoca a la interpretación, sin que esta lo agote. De este modo, no sólo se trabaja el decir del paciente sino todo lo pulsional mudo que hasta ese momento se expresaba de otra manera.

A diferencia de un sueño o un síntoma que se leen como un texto, que se decodifican, la creación puede funcionar como un instrumento que codifica aquello no dicho. Esto se observa en la clínica de los fenómenos psicosomáticos. En estos casos, es un error suponer que el cuerpo habla y que existen determinadas fantasías que dan cuenta de la somatización. No podemos darle a esa lesión el estatuto de formaciones del inconsciente cuando, en realidad, lo son del ello. Esta es la gran diferencia con el síntoma de conversión histérica.

El analista trabajará de otro modo que con el síntoma, tendrá que donar palabras, hacer construcciones, estar sintonizado para comentar imágenes y asociaciones de tipo sensoriales, para facilitar el surgimiento del material del paciente y sus asociaciones.

Al respecto, Marucco dice que: “En el curso de la historia de un proceso (el proceso analítico), permitiría que el analista pueda decodificar, a la vez que agregar representaciones de palabra que provienen de sus propias inscripciones preverbales. Estaríamos aquí en el campo de una contratransferencia muy particular: la contratransferencia de lo arcaico, de lo primario (…) Cuando estos “otros significantes”, pueden ser convocados en el proceso analítico, despiertan en el paciente, no ya el recuerdo, sino la vivencia de lo nuevo, lo diferente, de algo que nunca terminó de inscribirse como una memoria, para que sea memoria y pase a ser recuerdo. Es aquí donde la intervención del analista, su interpretación o su construcción, tendrá que ser corroborada por la convicción del analizado. Esa convicción de que las cosas deben haber sido así, es la que puede dar cierta coherencia a una vida fragmentada, destinada de otro modo a discurrir por el camino del acto, del dolor en el cuerpo, de la alucinación; quizás también la que puede llegar a detener la impiadosa arremetida de la desligadura proveniente de la pulsión de muerte.”[8] Porque en el fenómeno psicosomático algo de dicha pulsión se pone en juego. El sujeto al no poder volcar su agresión hacia el exterior, lo hace contra sí mismo, lo que la vuelve mortífera.

El término forclusión es un término acuñado por Lacan y alude al mecanismo que se da fundamentalmente en la psicosis donde queda repudiado y excluido el significante del Nombre del Padre. Tiene su origen en el rechazo de la percepción. No se trata de que algo que se inscribió queda reprimido en el inconsciente, sino de que aquello que es rechazado, una percepción, no logra inscribirse como tal.

En 1956, Lacan retoma la distinción freudiana entre psicosis y neurosis y, en ese marco, propone traducir Verwerfung como forclusión. Dice que para “la noción de Verwerfung (…) les propongo adoptar definitivamente esta traducción que creo la mejor: la forclusión.”[9] Este mecanismo -propio de la psicosis- consiste en el rechazo primordial de un significante fundamental que queda excluido del universo simbólico del sujeto. Este significante retorna entonces en lo real, a través de la alucinación, el delirio o el fenómeno psicosomático.

En cuanto a la represión como mecanismo, podemos decir que Freud hasta su trabajo “La interpretación de los sueños”,[10] utilizaba en forma indistinta los términos represión y defensa. Pero más adelante distingue muy bien a la represión de los otros mecanismos de defensa y la relaciona específicamente con la histeria. Afirma de ese modo que la represión recae sobre el representante representativo de la pulsión y no sobre su afecto.

El estudio de la represión lleva a Freud a postular la existencia del inconsciente y a comprender los síntomas histéricos. La eficacia de la represión puede ser tal que el sujeto ignore lo que ha reprimido pero también el hecho de que ha reprimido. Dice Freud: “La represión de la histeria [de conversión] puede juzgarse totalmente fracasada en la medida en que sólo se ha vuelto posible mediante unas extensas formaciones sustitutivas; pero con respecto a la finiquitación del monto de afecto, que es la genuina tarea de la represión, por regla general constituye un éxito completo. El proceso represivo de la histeria de conversión se clausura entonces con la formación de síntoma, y no necesita recomenzar en un segundo tiempo -o en verdad proseguir indefinidamente-, como ocurre en el caso de la histeria de angustia.”[11]

Una de las formas de entender la represión es que el sujeto no recuerda ciertas partes de su historia pero, sin embargo, tiene una verbosidad excesiva y la metáfora así como el deslizamiento metonímico, intervienen a menudo en su discurso. En el fenómeno psicosomático existe, generalmente, una pobreza verbal, el relato tiene a veces características catárticas o está en relación con sus padecimientos físicos, pero hay muy poco registro de los propios estados perceptivos, afectivos y anímicos.


[1] Sigmund Freud: “Tres ensayos de teoría sexual” (1905), en Obras Completas, Volumen VII, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1976, pp. 109-222.

[2] Jean Laplanche y Jean-Bertrand Pontalis: “Zona erógena”, en Diccionario de psicoanálisis, Editorial Paidós, Buenos Aires, 2007, p. 475.

[3] Jacques Lacan: “El estadio del espejo como formador de la función del yo [je] tal como se nos revela en la experiencia psicoanalítica, en Escritos 1, Siglo Veintiuno Editores, Buenos Aires, 2003, pp. 86-93.

[4] Araceli Fuentes: El fenómeno psicosomático y el síntoma: el dianóstico diferencial, disponible en http://www.nucep.com/referencias/El%20fenomeno%20psicosomatico.htm, verificado el 10 de agosto de 2011.

[5] Ibídem.

[6] Sylvie Le Poulichet: La obra del tiempo en psicoanálisis, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1996, p. 25.

[7] Oscar Lamorgia: Herejías del cuerpo. Actualizaciones en psicosomática, Editorial Letra Viva, Buenos Aires, 2001, p. 106.

[8] Norberto C. Marucco: Cuerpo, duelo y representación en el campo analítico, psicosomática. Aportes teórico-clinicos en el siglo XXI, Lugar Editorial S.A., Buenos Aires, 2005, p. 253.

[9] Jacques Lacan: “Los entornos del agujero. XXV. El falo y el meteoro”, en El Seminario, Libro 3, Las psicosis, Editorial Paidós, Buenos Aires, 2007, p. 456.

[10] Sigmund Freud: “La interpretación de los sueños” (1900 [1899]), en Obras Completas, Volúmenes IV y V, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1979.

[11] Sigmund Freud: “La represión” (1915), en Obras Completas, Volumen XIV, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1976, p. 151.

Adicciones

Sección: Psicoanálisis

Enfocado desde una perspectiva psicoanalítica, el tratamiento de las adicciones no se basa en que el analista reeduque o prohiba al paciente el consumo de drogas.

La teoría psicoanalítica se pregunta por el enigma del exceso, donde la sexualidad no es reductible por completo. El exceso es pulsional y puede ser mortífero cuando el sujeto toma por el camino de la adicción.

Sabemos que el adicto tiene un déficit en el proceso de subjetivación debido a que la presencia y la participación del Otro, en un prnicipio la madre o su sustituo, fue débil. Por ello, se trajará  con la posibilidad de nombrar lo traumático del exceso pulsional, allí donde el Otro no ha sido una contención, negando de ese modo la posibilidad de acotar el goce y poniendo en funcionamiento el propio deseo, posibilitando de esta manera el corte con el Otro.

Le Poulichet afirma que cuando el cuerpo propio no está separado del Otro y está abandonado a un exceso innombrable-lo ominoso-puede volverse mortífera la necesidad de incorporar un cuerpo extraño para hacerse un cuerpo ilusoriamente en el consumo cotidiano.

Freud presento a la sexualidad como un tóxico, cuando la pulsión no es tramitada por la palabra, cuando no se ligó a su representante-representativo. Destacó este excedente de carga en las llamadas neurosis actuales. Una vez que el excedente puede ser nombrado y, consecuentemente, reprimido tenemos la división interna del neurótico-consiente versus inconsciente- que desemboca en el síntoma.

Le Poulichet marca la diferencia con la neurosis: “El acceso histérico se entiende aquí, en efecto, como un exceso de significación surgido en el marco de una puesta en escena fantasmática en la que el cuerpo se reduce al teatro de un diálogo entre el sujeto y una  otra persona, gracias a una transferencia: de este modo el sujeto sina su descarga y acredita el excdso pulsional únicamente en esa otra persona, especialmente al padre perverso y seductor cuya figura descubre entocnes Freud enlas palabras de las histéricas.”[1] Eladicto no tiene esta posibilidad, por lo que establece “lo extraño”, enrelación a la droga.De este modo, Le Poulichet afirma que las neurosis de transferencia no deben ser consideradas manifestaciones abiertas y directas de un “exceso sexual” sino que, por el contrario, se las debe entender como escenificaciones, en cuanto al desarrollo de las fantasías acerca de las preguntas y las consecuentes respuestas que el paciente se hizo acerca del enigma por el deseo del Otro.En la toxicomanía se produce una especie decongelamiento del tiempo, que la compulsión perpetúa: “En efecto, la
toxicomanía parece implicar otro modo de tratamiento del exceso pulsional,ajeno al trabajo de los tiempos y de las huellas, que refrenda el fracaso del juego de las metamorfosis y se muestra paradójicamente como una enfermedad de
la interioridad: el real “cuerpo extraño” del tóxico -que sin cesar debe restaurar un cuerpo idéntico a sí mismo- se revela esencialmente conservador.”[2]

En análisis, la dirección de la cura se dirigirá a sintomatizar, la operatoria de Pharmakon, es decir, a partir de lo real-el exceso pulsional- que inunda e inmoviliza al paciente, poder establecer determinaciones imaginarias, en cuanto a la escenafantasmática y simbólicas en cuanto la Metáfora paterna, como posibilidad de metaforizar.

Dice Lamorgia: “En la medida en que esto abra camino a una vertiente asociativa no transitada y aparezca una narrativa del
paciente que incluya ese padecimiento y todos los episodios que lo rodeaban, y se historice de otra manera porque si algo se puede cambiar en un análisis es el pasado (…) Se puede cambiar el pasado solamente porque desde la toma de posición diferente respecto del pasado es como uno puede proyectarse distinto.”[3] En la medida en que la ingesta de droga no logra el cometido de equilibrio puede ser que se recurra a la consulta. El paso siguiente es hacer, de esa ingesta, un síntoma.

Cuando todavía no se cuenta con el síntoma, el montaje adictivo otorga una pseudo estabilidad. Es un equilibrio precario del
yo, donde se tiene la ilusión de ser uno sin clivajes para darle una aparente fuerza que le permita enfrentar las amenazas insoportables de los estímulos, tanto internas como externas. En esta situación lo insoportable se convierte en
tal por la falta de contención y presencia del Otro en las tempranas experiencias donde era imprescindible para el manejo de las tensiones internas y externas.

A esta operatoria que realiza el adicto cuando consume y que consiste en un intento de crearse un cuerpo extraño, ingiriéndolo, para evitar o para defenderse de un intolerable real que provoque el borramiento del sujeto, Sylvie Le Poulichet la denomina “operatoria de Pharmakon”.
Esta operatoria toxicológica es paradojal pues, de ese modo, produce mayor borramiento subjetivo. Así la autora deja de lado el enfoque clínico que considera a la adicción como un intento de destrucción. Para ella, por el contrario, se trataría de un intento de mantener la subjetividad frente a una devastación intolerable que el Otro realiza sobre el sujeto.

Basándose en su clínica, Le Poulichet afirma que se considera que la función de Pharmakon puede ser de suplencia o de suplemento.

En la función de suplencia, se trata de que cuando el paciente ha tenido un déficit en la separación con el Otro, donde su cuerpo
parece no tener los bordes necesarios para considerarse tal, la droga viene a suplir esa falla. Permite no quedar alienado en el Otro, es un intento de separación. En ese sentido, es rebeldía y autoafirmación subjetiva, claro que es igualmente paradojal, pues aquello que permite la expresión del sujeto es su sojuzgamiento, que es mortífero para él. El riesgo es el pasaje al acto, es decir que el adicto se eyecte de la escena, que salga, sin pensamiento ni posibilidad de reflexión de la escena hacia su no existir. Esto se da en las patologías más severas.

En cuanto al pasaje al acto, en el Seminario 10, Lacan afirma: “Este dejar caer es elcorrelato esencial del pasaje al acto. Aún es   necesario precisar desde qué lado es visto, este dejar caer. Es visto,precisamente, del lado del sujeto. Si ustedes quieren referirse a la fórmula del fantasma, el pasaje al acto está del lado del sujeto en tanto que éste aparece borrado al máximo por la barra. El momento del pasaje al acto es el de mayor embarazo del sujeto, con el añadido comportamental de la emoción como desorden del movimiento. Es entonces cuando, desde allí donde se encuentra -a saber,desde el lugar de la escena en la que, como sujeto fundamentalmente historizado, puede únicamente mantenerse en su estatuto de sujeto- se precipita
y bascula fuera de la escena. Ésta es la estructura misma del pasaje al acto.”[5]

En la segunda, funciona como suplemento narcisista fálico, es el elemento que aporta la imaginaria completud del sujeto. Es decir, allí donde ingiero la sustancia, puedo responder a la demanda del Otro de sersu falo. Las patologías son menos severas, el paciente tiene más recursos metafóricos para dialectizar su padecer y hacer síntoma. Lo que puede darse en
este tipo de adicciones es el acting out como, por ejemplo, tener un accidente. Si bien puede ser riesgoso, es en virtud
de aquello que no se dice de otra forma que no sea como una mostración, una conducta dirigida hacia la mirada del otro y, más específicamente, hacia el analista quién tendrá que entenderlo como un intento, por parte del paciente,
de armar el síntoma y cuya tarea será ayudar a nombrar lo no dicho hasta entonces.

Dice Lacan: “El acting out es esencialmente algo, en la conducta del sujeto, que se muestra. El acento demostrativo de todo acting out, su orientación hacia el Otro, debe ser destacado.[6] (…) En el acting out diremos, pues, que el deseo, para afirmarse como verdad, se adentra en una vía en la que sólo lo consigue, ¿sin duda, de un modo que llamaríamos singular(…) es
esencialmente la demostración, la mostración,sin duda velada, pero no velada en sí. Sólo está velada para nosotros, como
sujetos del acting out, en la medida en que eso habla, en la medida en que eso podría hacer verdad. Si no, por el
contrario, es visible al máximo, y por ese mismo motivo, en un determinado registro es invisible, al mostrar su causa. Lo esencial de lo que es mostrado es aquel resto, su caída, lo que cae en este asunto.”[7]

La operación pharmakon puede darse en estructuras diferentes. Lo específico de su tratamiento psicoanalítico es el dispositivo de transferencia y abstinencia. El analista no tratará de hacer desaparecer la droga como objeto sino de entender la
operatoria del Pharmakon y de trabajar sobre los acting para lograr que, dentro del marco de la transferencia, funcionen como motores, con el objetivo de que se conviertan en síntomas. Es decir, es pasar de las formaciones narcisistas, a las formaciones del inconsciente.


[1] Sylvie Le Poulichet: La obra del tiempo en psicoanálisis, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1996, p. 140.

2] Ibídem, p. 142.
3] Ibídem, p. 144.

[4] Oscar Lamorgia: Herejías del cuerpo, Editorial Letra
Viva, Buenos Aires, 2002, p. 64.


[5] Jaques Lacan:
“Revisión del estatuto del objeto. IX. Pasaje al acto y acting out”, en El Seminario,
Libro 10, La angustia
, (1962-1962) Editorial Paidós, Buenos Aires, 2011, p.
128.

[6] Ibídem, p. 136.

[7]Ibídem. p. 137.

Poesía y psicoanálisis

Sección: Psicoanálisis

 

La poesía es el género que más se acerca a la verdad del sujeto, porque parte de la emoción y requiere que no predomine la defensa sino el saber del inconsciente atravesado por la metáfora, a través de la sublimación. La herramienta de trabajo del poeta son sus propios sentimientos; y, con ellos, él dice, generalmente, a pesar suyo.

Lo que el poeta alcanza a expresar con las imágenes, es la trasposición poética de su angustia personal de ser. También el poeta debe cumplir la forma mágica del principio de identidad y ser otra cosa. Reconocimos en la actividad poética el producto de una urgencia que no es sólo estética, que no apunta únicamente a la respuesta lírica, el poema. El poeta y sus imágenes constituyen y manifiestan un sólo deseo de salto, de irrupción, de ser otra cosa. Expresa con palabras imágenes que a la vez manifiestan lo más genuino del creador, así, como en los sueños, se formulan ideas, sentimientos, a través de imágenes.

En el territorio poético, las analogías surgen condicionadas, elegidas poéticamente, musicalmente. Todo poeta parece haber sentido siempre que al componer un poema sobre un objeto, parecería habérselo apropiado en esencia. El poeta no está interesado en acrecentar su conocimiento, en progresar. Asume lo que encuentra y lo celebra en la medida en que ese conocimiento lo enriquece ontológicamente. Y lo que encuentra viene de él, de aquello no dicho anteriormente.

Borges ha dicho: “Posiblemente la poesía sea un modo más vívido de decir la verdad, un modo más memorable de decir la verdad. Yo no concibo una poesía como falsa. Yo sé que si la poesía no parte de la emoción, es un error, yo no creo que la poesía sea un juego de palabras, un arte combinatoria; creo que la poesía tiene que estar justificada por la emoción, no me imagino un verso escrito sin pasión, sin emoción.”[1] En otros géneros literarios -como son la novela o el ensayo- el escritor puede tomar mucha más distancia, a través de los personajes, de lo que le es propio. Esta distancia equivaldría al disfraz del sueño, a la elaboración secundaria del mismo.

Según Borges: “El poeta sería simplemente un amanuense de esa fuerza misteriosa que puede salir de su mente, en la cual, tal como creía el poeta Irlandés Yeats, estaba contenida la gran memoria, la memoria de todos los antepasados, y quizá la memoria de los arquetipos platónicos.”[2] Y esa fuerza misteriosa que sale de su mente, de la que habla Borges, es el saber del inconsciente del creador, que canta su verdad aún sin saberlo. “Me parece absurdo buscar temas: los temas tienen que buscarnos a nosotros y encontrarnos”,[3] continua diciendo Borges. Y es así, porque los contenidos surgirán como formaciones sustitutivas para expresar nuestra verdad.

Así, la poesía permite poner en palabras aquello que no se pudo expresar, enlazando lo pulsional al significante y al leerla nos conmociona porque remite a lo medular. Al respecto dice Borges: “En cuanto a la poesía, yo no sabría definirla, pero creo que eso demuestra que la poesía es algo esencial, ya que sólo pueden definirse las abstracciones; la poesía, en cambio, es tan esencial como la cercanía del mar, como la cercanía de una mujer o de la luna, por ejemplo, a quienes vemos siempre con antiguo asombro, antiguo y nuevo asombro. De modo que no hay que definirla ya que todos sabemos qué es. Creo que la poesía debe impresionar inmediatamente de un modo casi físico.”[4] Más cercana a nuestra emoción, la poesía, sus vocablos, conmueven nuestro ser; afirma más adelante: “Aquí tenemos este antiguo problema, el problema de la poesía; de cómo un idioma se llena de efectos mágicos, cómo con palabras que están registradas en un diccionario se llega a algo que se parece mucho a la magia, cómo no hay una diferencia esencial entre la música y la poesía.”[5]

Por eso la poesía permite expresar el dolor, las pérdidas, los duelos, para ir bordeando con palabras ese instante catastrófico de la ausencia definitiva. Esa falta tiene que ser transformada en la obra en sí: “Y quizá la desdicha sea mejor material poético que la dicha, como la derrota es mejor material que la victoria, porque la derrota tiene que ser transformada en otra cosa, la desdicha también. La felicidad, en cambio, es un fin en sí misma y no necesita ser cantada; ya es una suerte de canto la felicidad.”[6]

La función de la escritura se ubica allí, en la posibilidad de recordar el objeto perdido trazo por trazo para dejarlo ir.

Diariamente nos encontramos en nuestro consultorio con pacientes que sufren la ausencia de un ser querido y que tratan de anotarla como pérdida. La escritura, entre otras expresiones artísticas, permite esta anotación, elaboración necesaria para el camino del duelo.


[1] Jorge Luis Borges: Borges en la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Editorial Agalma, Buenos Aires, 1993, p. 47.

[2] Ibídem, p. 109.

[3] Ibídem, p. 110.

[4] Ibídem, p. 114.

[5] Ibídem, p. 117.

[6] Ibídem, p. 127.