Nos están matando

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Para salir de la perplejidad y la angustia que producen tantos femicidios intento esbozar algunas líneas a modo de respuesta a la pregunta que nos hacemos.

Creo que las transformaciones deben ser culturales para que sean sólidas y profundas. Sabemos que ante el indiscutido avance de la mujer la feroz respuesta patriarcal no se ha hecho esperar. Todo esto en un contexto de globalización donde la violencia ha aumentado ostensiblemente, dado que un poder económico como el que vivimos genera exclusión, corrupción y violencia. Y esta última aumenta sobre las niñas y mujeres.

La discriminación hacia nosotras está naturalizada en la sociedad toda. Destaquémosla, cuestionémosla. Si en una publicidad llega un hombre vestido de un producto de limpieza evaluar a una mujer por cómo limpió su casa y esta sonríe tontamente, las cosas no están bien. Desde los medios de comunicación, desde los establecimientos educativos donde las docentes justifican o minimizan la agresión de los niños pero sancionan severamente la de las niñas. tampoco. Los ejemplos exceden, no me voy a detener en ellos, no voy a describir el punto que ya hemos aceptado: la sociedad patriarcal toma a la mujer como alguien inferior y en mayor o menor grado como objeto del hombre.

Qué hacer? Es lo que venimos preguntándonos. En primer lugar poder hablar de esto con nuestros allegados, en nuestros lugares de trabajo, estudio, recreación, cuestionar posiciones que por naturalizadas parecen normales. Hacer consciente lo inconsciente. La educación en los niños y en los jóvenes será fundamental en este sentido. Recuerdo que hace muchos años, cuando daba clases en un profesorado de nivel inicial, terminaba mis clases diciendo: “Recuerden: si sí, sí. Sino?..”, “No”, contestaban las alumnas. Eran los primeros tiempos del SIDA en nuestro país, observábamos en el hospital, en el servicio de psicopatología, que la población que más crecía era la femenina, pues no ponía como condición para tener sexo, que su partenaire use preservativo. No se cuidaba, tenía miedo al enojo del hombre.

Y mientras tanto qué hacemos? La educación tiene que llegar a la policía que suele no intervenir y  donde un alto porcentaje son violentos con sus mujeres. Y al sistema judicial, modificando las leyes. Hace poco  el senado aprobó el proyecto de ley que limita la salida de presos por delitos violentos. El Frente para la Victoria votó en contra. Por qué?! Si esa ley ya hubiera sido aprobada, Micaela estaría viva.

Ante hechos que remiten al traumatismo extremo porque conmocionan a la sociedad toda comencemos por la palabra, aquella que posibilita alternativas fundamentales para un transformación sólida. Y fomentemos  verdaderos actos donde el no te metás o el yo, argentino, dejen paso  a escuchar el pedido de auxilio, intervenir y utilizar nuestros sistemas de instituciones como prevención, incluyendo los medios de comunicación. Porque nos están matando.

El grito

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Puede ser que la tarde haya estado muy quieta, con esa falta de aire que se siente antes de la tormenta, cuando nuestros cuerpos, agua al fin, se arrastran pesados esperando el gran cambio. Lo cierto es que ella gritó.
Gritó fuerte, muy fuerte, como si su voz emergiera de su pecho, de sus mismas entrañas, desde cada célula, desde cada átomo, desde el fondo de su corazón.
Y no vayan a creer que fue un grito impostado, sonoro, vibrante, no, era un grito desgarrado, animal, gutural.

Los que lo escucharon fruncieron su entrecejo, se apretaron las manos.
Su grito, el de ella, en esa tarde, salió a la vereda de baldosas negras y el vecino se asomó al balcón, siguió por la avenida humeante y ruidosa, cruzando por entre los autos, aturdiendo a los desprevenidos y angustiando a los solitarios. Llevaba encima todos los siglos de civilización, de cinturón de castidad, de miriñaque, de leyendas, de hogueras, de prejuicios, de huracanes, de velos, de mutilaciones e injusticias…
Su grito, no era sólo el suyo, era el de las campesinas sembrando con los niños a cuestas, el de las ejecutivas desabotonando las braguetas de los poderosos, el de las mujeres con cargas en sus cabezas, el de las doncellas de pies pequeños en un Oriente milenario, el de las modelos sometidas al hambre y al quirófano, el de las niñas sin estudio, el de las golpeadas, el de las humilladas…
Se dice que su grito, esa tarde fue el que despertó la lluvia que llegó a la ciudad y entró en la Legislatura,  donde se mezcló en el recinto con papeles y micrófonos, testigos mudos de tanto desamparo.