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Arte y psicoanálisis   Curso a distancia con tutoría y foro. COMIENZA EL 10 DE OCTUBRE Y FINALIZA EL 21 DE NOVIEMBRE Fundamentos.   El objetivo de este curso es identificar los recursos creativos como expresión subjetiva, desarrollando conceptos tales como pulsión, sublimación, objeto a, repetición...

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Compañeros Estábamos en el baño del colegio Nicolás y yo, como siempre, escapándonos de la bruja de Matemática. Esa vez, él dijo que tenía ganas de vomitar y yo me ofrecí para acompañarlo. Ella dudó un momento, pero la sola posibilidad de que vomitara en el aula la horrorizó. Tenía una manía por la...

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Rosa en riesgo Este cuento lo publiqué en el libro que compartí con Juan Carlos Nahabedian: A la sombra de un dios ausente, hace ya varios años. Poder duelar a los que perdemos nunca es sencillo. A veces se complica más cuando el que se fue jugó un papel muy controvertido en nuestra vida. El derrotero que...

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Nos están matando     Para salir de la perplejidad y la angustia que producen tantos femicidios intento esbozar algunas líneas a modo de respuesta a la pregunta que nos hacemos. Creo que las transformaciones deben ser culturales para que sean sólidas y profundas. Sabemos que ante el indiscutido avance...

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Realidad virtual Yo sé que Ud. me va a entender, a pesar de ser tan joven, porque lo es, aunque tenga lentes, por más que no hable,  me juzga con la mirada. Yo lo maté. Sí. ¿Me pregunta por qué? Tuve mis razones y le aclaro que no me asustan ni el loquero, ni la cárcel. Lo maté porque tenía que suspirar,...

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Arte y psicoanálisis

Sección: Psicoanálisis

 

Curso a distancia con tutoría y foro.

COMIENZA EL 10 DE OCTUBRE Y FINALIZA EL 21 DE NOVIEMBRE

Fundamentos.

 

El objetivo de este curso es identificar los recursos creativos como expresión subjetiva, desarrollando conceptos tales como pulsión, sublimación, objeto a, repetición y acto creativo.

 

La propuesta busca identificar las características del creador, comparándolas con el quehacer del psicoanalista. Relaciona los procesos de cifrado y descifrado, presentes en la obra, con la interpretación y construcción como instrumentos del psicoanálisis.

 

Propone establecer la función de la creación en la estructuración subjetiva y en el duelo.

 

Contenidos.

 

Clase 1. Las pulsiones y la creación.

Clase 2. Sublimación y metáfora.

Clase 3. El arte como posibilitador del despliegue del fantasma.

Clase 4. Duelo y poesía.

Clase 5. Condiciones para la creación, su relación con el análisis.

Modalidad de cursada. Vía Internet, en el entorno de la plataforma educativa de la Comunidad Virtual Russell. Con tutoría, foro y soporte técnico.

 

Autora:

 

Lic. Norma PíngaroLic. Norma Píngaro. Licenciada en Psicología, Universidad de Buenos Aires. Psicoanalista. Posgrado en salud mental con orientación psicoanalítica, Servicio de Psiquiatría del Hospital Nacional Prof. A. Posadas.

 

Editora: Lic. Beatriz Bacco.

 

Certificados. Esta modalidad de cursada contempla dos tipos de Certificados: de Participación, por aportes realizados en el Foro de Debate del curso; de Aprobación, por presentación de un trabajo, cuyo plazo de entrega es de tres meses a partir de la fecha de finalización del curso.

Compañeros

Sección: Literatura

Estábamos en el baño del colegio Nicolás y yo, como siempre, escapándonos de la bruja de Matemática. Esa vez, él dijo que tenía ganas de vomitar y yo me ofrecí para acompañarlo. Ella dudó un momento, pero la sola posibilidad de que vomitara en el aula la horrorizó. Tenía una manía por la limpieza enfermiza, traía siempre un lienzo almidonado para limpiar su escritorio y otro, que colocaba en el asiento. No utilizaba tizas porque le daban alergia, entonces repartía copias con ejercicios para todos y era allí donde comenzaba la tortura. Así que accedió.

Como siempre, estábamos riéndonos de nada, cuando de pronto nos quedamos mirándonos. Fue él quien me tocó la mejilla, con su mano de piel de bebé, y yo, que estaba perplejo, comencé a sentir el olor a orina del baño y creo que fue eso lo que revolvió las tripas, sin embargo, no me moví y dejé que recorriera mi rostro y luego mi cuello y mis cabellos…Yo también me aproximé un poco y le toqué su pelo rubio, lleno de rulos, creo que siempre quise hacerlo, desde la primaria y seguí, como él recorriendo su rostro. Estábamos  serios y parecía una ceremonia. De pronto, nos miramos en el espejo: ambos teníamos las mejillas sonrosadas y una expresión de asombro y deseo.  Entonces llegó él. Entró como siempre: torpe, ruidosamente y de un salto estuvo frente a nosotros.

Todo sucedió muy rápidamente.

Mario dijo: “ja”, y se fue a orinar. Solamente “ja”, y luego salió como había entrado.

Comenzamos a desesperarnos, ¿qué haríamos? ¡El jefe del equipo nos había descubierto! y ya todo el mundo lo sabría. Mario no tendría compasión: se burlaba de los débiles y de los tontos y se ufanaba de sus conquistas amorosas con las pibas, que para él eran tontas y débiles también. Sería un escándalo, llamaría a nuestros viejos, murmurarían en el patio tapándose la boca para reírse. Nos llamaría el director, simulando comprensión junto con el profesor consejero y los interrogatorios serían infinitos. Finalmente, nos mandarían a gabinete donde Clara nos haría eternos test para saber hasta dónde llegaba nuestro grado de perversión.

La bruja nos vino a buscar preguntando si Nicolás estaba mejor. Volvimos al aula. Todo seguía igual. Mario ni nos miraba.

Luego de unos días, con sus noches de pesadilla, llegamos a la conclusión que él no hablaría.

Pero la historia no había terminado.

A Nicolás lo dejó tranquilo, pero a mí, Mario comenzó a perseguirme por los pasillos, en el aula, en el comedor, en el camino a casa o donde fuera para decirme: “Pelotudo”, sólo eso: “Pelotudo”. Yo trataba de evitarlo por todos los medios, así que cambié de recorrido y cada vez que lo veía huía despavorido, pero él me encontraba y cuando lo hacía me decía: “Pelotudo”. Mi vida se convirtió en un infierno. Nicolás y yo nos evitábamos como forma de precaución. La soledad y el temor me rodearon por completo.

Hasta que un día no pude más y cuando lo encontré a Mario en el pasillo, los dos solos, frente a frente, le dije que estaba bien, que prefería que contara todo pero que me dejara tranquilo de una vez. El me sonrió, como sólo lo hacen quienes se saben dueños del poder y la fuerza y luego me dijo muy bajito, pero pronunciando lentamente las palabras para que lo entendiera bien: “Pelotudo, si querés hacerlo que sea conmigo, en mi casa y en mi cama”.

Rosa en riesgo

Sección: Literatura

Este cuento lo publiqué en el libro que compartí con Juan Carlos Nahabedian: A la sombra de un dios ausente, hace ya varios años.

Poder duelar a los que perdemos nunca es sencillo. A veces se complica más cuando el que se fue jugó un papel muy controvertido en nuestra vida.

El derrotero que  Evita, Eva María Ibarguren, María Eva Duarte de Perón, Eva Perón, fue un doloroso penar infantil como hija ilegítima.  Cuando fallece el padre, su madre ella y sus hermanos quieren entrar al velorio. Se les niega la entrada. Luego se lo permiten, conminados a un rincón, soportando la mirada despreciativa del resto. Cuánto de estas experiencias influyó para que Eva se muestre fuerte e inflexible cuando fue esposa del presidente? Su enfermedad y su descuido con respecto a ella no fue un carísimo pago a su imposibilidad de hacer el duelo por este padre? Marta Gerez Ambertín lo explica muy bien en su libro: Entre deudas y culpas: sacrificios.

La escena del velorio del padre de Evita fue la que me motivó para escribir este cuento, en una historia muy diferente pero similar: una mujer y la imposibilidad de realizar un duelo:

 

“No puede ser”, exclamó mientras sus ojos leían y releían la noticia. Se puso pálida, más blanca aún de lo que era.

Llegó a la casa de los Solana un día que nadie registró, pero que en su memoria estaba tan fresco como el frío que sintió al ser recibida.

Ella creyó, a pesar de la diferencia de edad, a pesar de todo el recelo que traía de su pequeño pueblo de La Pampa, que en los mapas figuraba como un punto perdido entre dos estaciones de ferrocarril.

Para él fue tan fácil, ni siquiera hicieron falta palabras bonitas, ni regalos costosos. Le alcanzó con mirarla a los ojos, no con la dureza con que lo hacía normalmente, sino como solía hacerlo cuando le convenía. A veces le daba pena, pero muy poca, no alcanzaba para el remordimiento y pronto seguía con su rutina de patrón, exigiendo, sin palabras, a los que lo rodeaban, una adoración consecuente hacia su persona.

Rosa sintió que las piernas se le aflojaban, y las paredes giraban alrededor de su menudo cuerpo. Ella leyó en el diario, que llevaba el nombre de él, la noticia sobre su muerte. Todo se llamaba Solana, desde el pueblo hasta la calle principal, desde el cine hasta la plaza. Hasta la casa en que la había dejado vivir, después que la esposa la echara, tenía su apellido. Ella aceptó a pesar de la humillación, creyendo en las promesas. Tenía mucho más que el nombre grabado en su interior, en lo más profundo de sus entrañas. Entonces, ¿cómo se iba a morir? Sería como si una parte de ella muriera también.

Cuando se recuperó del shock tomó aliento y se dirigió hasta la cabina telefónica. No le importaron ni el frío ni la tenue llovizna que empapaba sus ropas. Apenas se cubrió la cabeza con el diario, pero fue algo instintivo ya que no tenía noción de lo que sucedía a su alrededor. Caminó acompañada del croar de las ranas hasta la cabina telefónica de la esquina, sin preocuparse por saltar los charcos de barro, que se formaban en la calle de tierra. Marcó en forma mecánica. La ronca voz de él, en el contestador, respondió lo de siempre. Lo mismo que escuchaba desde que le dijera que no lo llamara más. Arrojando el amasijo de papel mojado, que aún conservaba en sus manos, dijo casi gritando con los ojos movedizos, como si buscaran una presencia a quién dirigirse: “¿No ves? ¡Es mentira!”, tratando de negar la noticia.

“Mienten, todos mienten. El también miente. Pero esta es la última vez”, repetía en voz alta. En su casa tomó el revolver que su padre le había dejado como única herencia y lo puso en el bolso. Nunca se lo mostró a nadie ni contó de su posesión. Ni siquiera sabía usarlo.

Salió otra vez, ahora rumbo a la casa de los Solana.

Rosa llegó al lugar vestida de negro, apretando fuerte contra su cuerpo el bolso de tela deslucida con el que se había presentado la primera vez.

Los guardias le franquearon el paso ya que la conocían y sabían de su relación con el patrón. Pasó entre la gente. Algunos la miraron con desprecio, pero ella tenía un objetivo y si se dio cuenta del rechazo, no le importó. Y lo vio. Parecía dormido, vestido como para ir a la misa del domingo. Los ojos cerrados y el semblante casi sin arrugas, disimuladas bajo el maquillaje que cubría su rostro. Arrugas que ella conocía y recordaba una por una. La boca callada y los labios como esperando un beso para despertar riendo por la broma. Entonces vio venir a la esposa y a los guardias, hasta donde se encontraba. Apretó los dientes y sacó el arma. Comenzó a disparar sobre el cuerpo de él, indefenso que ante cada impacto perdía cada vez más la postura artificial, frente a la mirada atónita de los presente que huían asustados y de los guardias que dudaban entre acercarse o buscar refuerzos. Cunado ya no hubo balas un acre olor de la pólvora cubrió el aroma fresco de las ofrendas florales.

Ella se arrodillo y murmuró con certeza: “Ahora sí que estás muerto”. Fue entonces cuando extendió sus brazos hacia el suelo y pudo comenzar a llorar.

Nos están matando

Sección: Sin categoría

 

 

Para salir de la perplejidad y la angustia que producen tantos femicidios intento esbozar algunas líneas a modo de respuesta a la pregunta que nos hacemos.

Creo que las transformaciones deben ser culturales para que sean sólidas y profundas. Sabemos que ante el indiscutido avance de la mujer la feroz respuesta patriarcal no se ha hecho esperar. Todo esto en un contexto de globalización donde la violencia ha aumentado ostensiblemente, dado que un poder económico como el que vivimos genera exclusión, corrupción y violencia. Y esta última aumenta sobre las niñas y mujeres.

La discriminación hacia nosotras está naturalizada en la sociedad toda. Destaquémosla, cuestionémosla. Si en una publicidad llega un hombre vestido de un producto de limpieza evaluar a una mujer por cómo limpió su casa y esta sonríe tontamente, las cosas no están bien. Desde los medios de comunicación, desde los establecimientos educativos donde las docentes justifican o minimizan la agresión de los niños pero sancionan severamente la de las niñas. tampoco. Los ejemplos exceden, no me voy a detener en ellos, no voy a describir el punto que ya hemos aceptado: la sociedad patriarcal toma a la mujer como alguien inferior y en mayor o menor grado como objeto del hombre.

Qué hacer? Es lo que venimos preguntándonos. En primer lugar poder hablar de esto con nuestros allegados, en nuestros lugares de trabajo, estudio, recreación, cuestionar posiciones que por naturalizadas parecen normales. Hacer consciente lo inconsciente. La educación en los niños y en los jóvenes será fundamental en este sentido. Recuerdo que hace muchos años, cuando daba clases en un profesorado de nivel inicial, terminaba mis clases diciendo: “Recuerden: si sí, sí. Sino?..”, “No”, contestaban las alumnas. Eran los primeros tiempos del SIDA en nuestro país, observábamos en el hospital, en el servicio de psicopatología, que la población que más crecía era la femenina, pues no ponía como condición para tener sexo, que su partenaire use preservativo. No se cuidaba, tenía miedo al enojo del hombre.

Y mientras tanto qué hacemos? La educación tiene que llegar a la policía que suele no intervenir y  donde un alto porcentaje son violentos con sus mujeres. Y al sistema judicial, modificando las leyes. Hace poco  el senado aprobó el proyecto de ley que limita la salida de presos por delitos violentos. El Frente para la Victoria votó en contra. Por qué?! Si esa ley ya hubiera sido aprobada, Micaela estaría viva.

Ante hechos que remiten al traumatismo extremo porque conmocionan a la sociedad toda comencemos por la palabra, aquella que posibilita alternativas fundamentales para un transformación sólida. Y fomentemos  verdaderos actos donde el no te metás o el yo, argentino, dejen paso  a escuchar el pedido de auxilio, intervenir y utilizar nuestros sistemas de instituciones como prevención, incluyendo los medios de comunicación. Porque nos están matando.

Realidad virtual

Sección: Literatura

Yo sé que Ud. me va a entender, a pesar de ser tan joven, porque lo es, aunque tenga lentes, por más que no hable,  me juzga con la mirada.

Yo lo maté. Sí. ¿Me pregunta por qué? Tuve mis razones y le aclaro que no me asustan ni el loquero, ni la cárcel.

Lo maté porque tenía que suspirar, sí, no frunza el ceño. Ya entenderá.

Siempre fui una solitaria, la gente no sirve de mucho y menos los hombres, ya sabe, apenas se creen con derecho, una termina planchándoles las camisas…Por eso, a mí la soledad no me pesaba, al contrario, me gustaba.

Por lo menos hasta que llegó él. Fue muy hábil, sabe, porque se  acercó lentamente, sin que yo me diera cuenta. Al principio me ayudó con unos papeles y parecía no esperar nada a cambio. Ganó mi confianza con su mansedumbre. Comenzó a venir a casa a tomar mate. Hasta ahí todo estaba bien. Al fin había encontrado un compañero, alguien que no daba órdenes ni me cambiaba los objetos de lugar.

Pero tiempo después, su aroma empezó a quedarse en los pliegues del mantel, en las bisagras de las puertas.

Un día, después de hacer el amor, cuando él ya se había ido, en la penumbra de la habitación sentí que todos mis poros estaban invadidos por su transpiración. Comprenderá que era insoportable. Salté a la ducha y me quedé largo rato, tratando de despegar su olor de mi piel. Pero ya era tarde…

Su voz  comenzó a aparecer en los lugares más extraños, en las cajitas de caramelos, en los rincones del patio y sus ojos me perseguían por donde yo fuera.

Los sentía en las manos y en los labios y lo que es peor aún comenzó a invadir el aire, sí, el aire, el que yo respiraba. Apenas podía hacerlo, pero si quería suspirar, el dolor se adueñaba de mis costillas y me paralizaba el aliento.

Fue ahí cuando me decidí. No sabía cómo hacerlo, pero aquella tarde simulé que todo estaba bien y tomamos mate como siempre.

La cuchilla la tenía sobre la mesada y en esa ocasión parecía gritarme su presencia como nunca.

El estaba sentado de espaldas, su camisa a cuadros, el mate en la mano, tomarla y clavársela fue un solo acto.

¿Usted conoce el ruido del metal cortando la carne? Yo lo escuché una y otra vez y a medida que lo oía sentía que los pulmones se me llenaban de aire, un suspiro tras otro, hasta verlo en el suelo cobijado por su propia sangre.

Sí, es verdad, yo lo maté, pero Ud. comprenderá que no se puede vivir sin suspirar.

 

 

Las estructuras clínicas

Sección: Psicoanálisis, Sin categoría

 

DOCENTE: Norma Píngaro

Días y horario de dictado: Martes de 10:30 a 12 hs.

Frecuencia y duración: Doce encuentros quincenales

Fechas de los encuentros: 16 y 30 de mayo. 13 y 27 de junio. 11 y 25 de julio. 8 y 22 de agosto. 5 y 19 de septiembre. 3 y 17 de octubre.

Sede de dictado: República Oriental del Uruguay 793 – Morón

Objetivo general

-Establecer los conceptos primordiales en relación a las estructuras clínicas.

-Delimitar las tres grandes estructuras en relación a la defensa operante y a la posición en relación a la castración.

– Articular las teorizaciones psicoanalíticas con la demanda en la clínica, donde teoría y práctica se vinculen estrechamente.

-Observar las patologías de urgencia más frecuentes.

-Puntuar las diferentes estructuras que se presentan en la clínica: psicosis, neurosis histérica, neurosis obsesiva, fobia y las llamadas “patologías de borde”. Relacionarlo con conceptos como defensa, transferencia, síntoma.

-Crear un espacio de reflexión para que los alumnos presenten su propio material con la orientación de las docentes y el aporte de todos.

Bibliografía

Eidelsztein. Las estructuras clínicas a partir de Lacan. Tomo I y II. Editorial Letra viva. Buenos Aires. 2008.

  1. Píngaro. El psicoanálisis en la posmodernidad. Enfoque interdisciplinario. Cuadernos de psicoanálisis. Tópica 3. El psicoanálisis en los nuevos malestares. Editorial Vergara. Buenos Aires. 2015.

Vegh Isidoro: una cita con la psicosis. Editorial Homo Sapiens. Segunda edición.

Jean Claude Maleval, Locuras Histéricas. Editorial Paidós. Barcelona. 1991.

  1. Píngaro. Cuadernos de psicoanálisis. Tópica 2. La política del síntoma: Duelo. No todo se transforma, algo se pierde. Editorial Vergara. 2014.

Vías de formación de síntomas. (1916)

El fetichismo(1924)

Construcciones en el análisis (1937)

La negación (1925)

  1. Lacan, seminario 10 de la angustia, 1962-63. Editorial Paidós

H.Becerra. Fenómenos psicosomáticos. Paticularidades. Editorial Vergara. Buenos Aires. 2015.

Raúl Yafar. Fobia en la enseñanza de Lacan. Editorial Letra Viva. Buenos Aires.2004.

  1. Lamorgia: Panic Attack ¿Vino viejo en vasijas nuevas?

Adicciones, una mirada psicoanalítica actual. Norma Píngaro.

El obsesivo y el amor, Elina weshler. http://www.imagoagenda.com/articulo.asp?idarticulo=1901. Consultado el 29/1/2017)

Gerard Pommier. Transferencia y estructuras clínicas. Ediciones Kiné. Buenos Aires. Año 1994.

Histeria en el último período  de la enseñanza de Lacan. Fabian Schejtman, Claudio Godoy http://www.scielo.org.ar/pdf/anuinv/v15/v15a45.pdf Consultado 29/1/2017.

  1. Píngaro, La creación literaria, un juego para des-encontrar la palabra. Editorial Letra Viva, Buenos Aires. 2007
  2. García Dupont, De la obsesión a la paternidad. Caminos posibles.
  3. García Dupont, De la histeria a la femeneidad. Caminos posibles.

https://es.wikipedia.org/wiki/The_Silence_of_the_Lambs_(pel%C3%ADcula)

  1. Tubert. Anorexia una perspectiva psicoanalítica. Artículo impreso.
  2. Píngaro. Tigres de papel en una geografía imaginaria.

http://www.normapingaro.com.ar/?p=382

Temario

  1. Vigencia del concepto de estructuras clínicas. La estructura para Lacan. Conjunto. Lo general, lo particular y lo singular. Estructura y los tres registros. La estructura se define por la defensa y no por el síntoma.  El fantasma soporte del deseo.
  2. Los tres grandes grupos y sus defensas. Represión, forclusión, renegación.
  3. Síntoma, transferencia e intervención ¿Clínica del duelo?
  4. Posición frente a la castración. Verwerfung en la psicosis. ¿Cuál es el tipo de transferencia? El amigo que acude a la cita.
  5. Represión en la neurosis. El inconsciente y sus leyes. Tipos de neurosis. Síntoma y transferencia. Perversión y su defensa: renegación, repudio, rechazo, desmentida. Desestimación.
  6. ¿Padecimientos por fuera de las estructuras? Locuras histéricas, ataque de pánico, adicciones, fenómenos psicosomáticos, trastornos en la alimentación. Diferencias entre el modo en que se presentan y la defensa que opera. Cifrar, descifrar. Lo que queda por fuera del significante. Cuando la interpretación no es conveniente.
  7. Neurosis obsesiva. Sus defensas. Diferencia entre fantasma y ficción. Pulsión anal. Riesgos de las intervenciones: obsesivisar. La canallada. El deseo procastinado. Del mito familiar al individual. El camino posible: De la obsesión a la paternidad. El análisis lacaniano de Hamblet.
  8. La histeria y la fómula de la sexuación. Síntoma y represión. “Te pido que no me des lo que te pido”, el deseo insatisfecho. Histeria y femeneidad. Pulsión oral y fálica. La armadura del amor al padre. Histeria masculina. Viñeta: escenas de la película: Amelie.
  9. Fobia: Plataforma giratoria que vira hacia la histeria o la obsesión. El objeto fobígeno. La fobia es estructurante. El deseo precavido. Maniobras evitativas frente a la castración. Geografía delimitada en la fobia.
  10. Perversión ¿Es inanalizable? Renegación, desmentida. El que sabe del goce. Ubicación de la angustia. Fetichismo y perversión. Viñeta: escena de la película: El silencio de los inocentes.

TALLER DE ESCRITURA

Sección: Literatura

 

 

 

¿Estás organizando tus actividades del año?

¿Te gustaría escribir pero nunca te animaste?

¿Escribís pero querés mejorar tu estilo o incursionar en otro?

¿Te gustaría conocer otros autores y géneros literarios?

 

Estamos en el centro de Ramos Mejía y podés elegir entre diferentes horarios.drawing_hands

Los calcetines rojos

Sección: Literatura


Me pasé una hora buscando los calcetines rojos. Debía encontrarlos. Inadmisible perderlos.

Aquella mañana, como todas, me levanté a las siete en punto. Como cada día de las últimas décadas que pasé con Ofelia. Era martes, así que tomé el traje gris con la corbata roja. Sabía por el pronóstico que la temperatura sería agradable. En los últimos años, los martes 7 de abril solían tener una temperatura similar. Claro, llevaba mis estadísticas. Desde pequeño me gustó ser previsor y por suerte tenía casi todo controlado. Pero ese día no encontraba mis calcetines rojos que hacía juego con la corbata, y eso me desquició. Una hora retrasado, inconcebible en mí, siendo tan…, “tan previsible”, como decía Ofelia, “tan ordenado”, como pensaba yo, cada vez que ella me lo repetía. Lo desesperante es que no los encontré, ¡y ya eran las nueve! Me detuve, la transpiración comenzó a mojarme la camisa gris. Amagué a abrir el placar, quería cambiármela, tenía muchas parecidas. Pero no pude, un vértigo me rondó la cabeza y tuve que sentarme para inspirar fuerte, el aire parecía faltarme en los pulmones. Me tomé la sien con las manos y miré hacia el suelo. El llanto entrecortado me sorprendió. Al principio lo sentí como ajeno, pero luego fue un aullido de lobo. Mi aullido. Después, un desesperado sollozo de impotencia. Llegaría tarde al funeral de Ofelia.

 

Duelo. No todo se transforma, algo se pierde

Sección: Psicoanálisis

 

 

 

Una famosa, en una exhibición dónde se ofrece a la vista de los espectadores,  muestra su duelo, en la versión más descarnada, desde la pantalla de televisión. Muy conocida en la farándula, su marido se suicidó y habla frente a la cámara en primer plano. En la entrevista afirma, entre otras cosas: “Me quiero quedar en la cama,…no entiendo que él no esté,…ahora me causa mucho dolor, antes me sentía muy culpable”. Expresiones dichas en un extenso reportaje donde llora y tiembla, totalmente expuesta.

Este es uno de los extremos del tardo capitalismo que vivimos. El  otro es la negación. Con respecto a esta última  daré dos ejemplos de la publicidad televisiva, en la primera un chico está jugando y se lastima, viene la mamá y lo abraza y le dice el consabido: “Sana, sana, colita de rana, si no sana hoy sanará mañana”. La voz del locutor en off afirma: “¿Mañana? Los chicos de hoy no pueden esperar hasta mañana”, y se observa en la pantalla como se le coloca un medicamento en aerosol  en la lastimadura, para que el chico pueda ir a jugar rápidamente. En otra se ofrece una crema cosmetológica donde se expresa  que “ahora las heridas no dejan cicatriz”.

Si va a ver duelo, que sea espectacular y si no, que no sea. Desmedida exposición, desmedido silenciamiento, donde la directriz no es atravesar un proceso de pérdida, sino tener rédito con ello. El objetivo final es el dinero. Chicos que no pueden esperar para recuperarse, donde el imperativo cultural a gozar presiona. Cicatrices de la vida, como las estrías o un accidente que no deben dejar marca. No se puede perder nada. Pero no todo se transforma.

Para comprender este proceso nos hacemos la siguiente pregunta: ¿Qué se entiende por duelo? El duelo es la reacción a la pérdida de un ser amado o de una abstracción equivalente: la patria, la libertad, el ideal. En algunas personas surge una tendencia a la melancolía en lugar del duelo, al que consideramos normal y que no es necesario tratar. La melancolía es un estado de ánimo profundamente doloroso, una cesación del interés por el mundo exterior, la pérdida de la capacidad de amar, la inhibición de todas las funciones y la disminución del amor propio, que se traduce en autoreproches y acusaciones y que puede llegar incluso a una delirante espera de castigo. Aquí estaríamos hablando del duelo patológico. En “Duelo y melancolía”, Freud dirá que en realidad estos autorreproches tendrían que ir dirigidos al que se duela, pero el paciente no se lo permite y entonces los dirige hacia él mismo. Dice Freud: “En el melancólico podría casi destacarse el rasgo opuesto, el de una acuciante franqueza que se complace en el desnudamiento de sí mismo. (…) Ha perdido el respeto por sí mismo y tendrá buenas razones para ello. Esto nos pone ante una contradicción que nos depara un enigma difícil de solucionar. Siguiendo la analogía con el duelo, deberíamos inferir que él ha sufrido una pérdida en el objeto; pero de sus declaraciones surge una pérdida en su yo.”[1]

El duelo muestra estas características, a excepción de una sola: la perturbación del amor propio. La labor del duelo consiste, en un primer momento, en que el examen de la realidad demuestra que el objeto amado ya no existe y le demanda que la libido abandone todas sus relaciones con él. Aquí surge una resistencia que puede ser tan intensa que hace que aparezca el apartamiento de la realidad y la conservación del objeto por medio de lo que Freud denominó psicosis alucinatoria de deseo. El sujeto tiene alucinaciones auditivas, visuales u olfativas relacionadas con la persona que ha fallecido. Esta psicosis puede formar parte del trabajo del duelo y ser transitoria, ya que se espera que el principio de realidad se imponga sobre ella, pero el proceso se lleva a cabo muy lentamente, con gran gasto de tiempo y de energía psíquica, abandonando cada recuerdo y esperanza que une al sujeto con el objeto. Es un trabajo de constricción que se realiza junto a los seres queridos. Una cruel exposición pública, como puede ser la televisión, difícilmente ayude a dicha labor.

En los siglos XVIII Y XIX y en parte del XX, la muerte de una persona era un acontecimiento social. El duelante llevaba luto o crespón  y se consideraba  que estaba en estado vulnerable. Actualmente no es así, ya que las condiciones laborales y culturales hacen que la persona que pierde a un ser querido se vea obligado a trabajar rápidamente y a ocultar su dolor o a exponerlo como y show. Esta situación no favorece el normal proceso del duelo sino que actúa en  su detrimento, ayudando a la negación del mismo. En la posmodernidad lo que predomina es la lógica del consumismo y la producción. El poder empresarial trasmite como imperativo la necesidad del trabajo continuo a partir de crear necesidades de consumo cada vez mayores. Por un lado, se promueve el goce absoluto en el consumo y, por otro, el evitar el sufrimiento físico a través de analgésicos y el sufrimiento psíquico por medio de psicofármacos. Esto en una dinámica de aceleración del tiempo que implica no poder detenerse para dar lugar a los procesos psíquicos en los estados anímicos propios del duelo. No hay tiempo para llorar, hay que producir. Claro que la globalización trae como consecuencia también la marginación de muchos, que atentos al subsistir diario no pueden ni siquiera permitirse la tristeza. Las drogas más baratas permiten el momentáneo y frágil adormecimiento.

Retomemos a Freud: Cuando se han retirado las cargas del objeto perdido la labor del duelo finalizó y el yo está libre y exento de toda inhibición. Pero en la melancolía no ocurre esto. En el duelo se distingue claramente lo que el sujeto ha perdido. En la melancolía la pérdida es inconsciente y además es inconsciente lo que se supone que se ha perdido al perder el objeto. El sujeto no tiene conciencia de lo que perdió con la ausencia del objeto amado.

El melancólico muestra además una extraordinaria disminución de su amor propio, un considerable empobrecimiento de su yo. En el duelo el mundo aparece desierto y empobrecido; en la melancolía es el yo el que está desierto y empobrecido. El yo aparece como indigno de toda estimación, incapaz de rendimiento valioso alguno y moralmente condenable, se dirige amargos reproches, se humilla ante todos los demás y compadece a los suyos por hallarse ligados a una persona tan indigna. El cuadro se completa con insomnios, inapetencias y sojuzgamiento del impulso que fuerza a mantenernos con vida. El melancólico carece de todo pudor hacia los demás, lo que lo lleva a hablar de sus defectos y es probable que los tenga, sólo que los ve más claramente que en los estados normales. El paciente ha sufrido la pérdida de un objeto que ha tenido efecto en su propio yo. Una parte del yo se sitúa enfrente de la otra y la valora críticamente, como si la tomara por objeto. Freud dirá que la sombra del objeto recae sobre el yo. Pero si oímos pacientemente las múltiples acusaciones del melancólico, nos daremos cuenta que las más violentas resultan poco adecuadas a la personalidad del sujeto y en cambio pueden adaptarse a la persona que se ha perdido. Los reproches con los que el enfermo se abruma corresponden a otra persona -con la que el yo se ha identificado- y se dan cuando la elección de objeto tuvo lugar sobre una base de identificación narcisista.

La melancolía toma una parte de sus caracteres del duelo y otra del proceso de regresión por la elección de objeto narcisista. La pérdida del objeto constituye una excelente ocasión para hacer surgir la ambivalencia de las relaciones amorosas, similar a la estructura de la neurosis obsesiva: el sujeto se reprocha haber ocasionado la pérdida del objeto amado o de haberla deseado. Las causas de la melancolía son todos los casos de ofensa, postergación y desengaño que pueden introducir en la relación con el objeto, una antítesis de amor y odio o intensificar una ambivalencia  preexistente. El tormento que el melancólico se inflige a sí mismo significa las satisfacciones de tendencias sádicas y de odio orientadas hacia un objeto, pero retrotraídas al yo. Una parte retrocede hasta la identificación y la otra, bajo el influjo de la ambivalencia, retrocede hasta la fase sádica. Esto nos aclara el enigma de la tendencia al suicidio, que tan interesante y peligrosa hace a la melancolía. Ningún neurótico experimenta impulsos suicidas que no sean homicidas, orientados primero hacia otras personas y vueltos luego contra el yo. El insomnio de la melancolía testimonia la rigidez de este estado, es decir, de la imposibilidad de que se lleve a cabo la retracción general de las cargas, necesaria para el establecimiento del estado de reposo. Existe una especie de hipervigilancia que no permite retraerse del mundo; en el fondo, lo que se vigila es el propio surgimiento de los impulsos agresivos. Actualmente el duelo puede darse en forma encubierta, hay un imperativo a seguir, a estar bien. El fondo de melancolía queda tapado por la intensa actividad, donde muchas veces los psicofármacos están al servicio de tal negación.

El paulatino desligamiento de la libido es un carácter común del duelo y de la melancolía; se basa en las mismas circunstancias económicas y obedece a las mismas tendencias. Pero en la melancolía la relación con el objeto queda complicada por la ambivalencia. “En la melancolía se urde una multitud de batallas parciales por el objeto; en ellas se enfrentan el odio y el amor, el primero pugna por desatar la libido del objeto, y el otro por salvar del asalto esa posición libidinal. A estas batallas parciales no podemos situarlas en otro sistema que el Icc, (…) Ahí mismo se efectúan los intentos de desatadura en el duelo, pero en este caso nada impide que tales procesos prosigan por el camino normal que atraviesa el Prcc hasta llegar a la conciencia. Este camino está bloqueado para el trabajo melancólico, quizás a consecuencia de una multiplicidad de causas o de la conjunción de estas.”[2]

Puede pensarse que uno está de duelo por quién era lo suficientemente importante para uno como para sentir que en algún punto lo completaba, lo colmaba; entonces puede aparecer la sensación de desvalimiento y el preguntarse: “¿para quién, para qué seguir viviendo?”. En este punto, cuando los duelos quedan detenidos, podemos hablar de depresión endógena y se puede caer en el suicidio. El sujeto se piensa sin salida y puede producirse lo que se llama un pasaje al acto. A veces el suicidio es un arrebato, otras veces la escena viene planificada. En este caso es mucho más fácil trabajar en terapia, se trabaja con lo que puede desear,  en un intento de articular su fantasma y se aspira a  modificar ese muro gris, que el sujeto ve como su futuro. Por lo general, se trata de aumentar las frecuencias de las sesiones para que el paciente pueda dialogar. Si tomó la decisión de quitarse la vida, puede que no tenga ansiedad y no quiera hablar del tema; es el momento de preguntar rápidamente. Se trata de que mate lo que no le gusta de su vida y no de que se mate él. La posibilidad de que pueda hablar de ello -de poner en palabras aquello que le ocurre- impide generalmente el pasaje al acto.

Ahora bien, que  para Freud el objeto del duelo sea reemplazable, fue cuestionado posteriormente por varios psicoanalistas, entre ellos por Jean Allouch, quien en su libro: “La erótica del duelo en tiempo de la muerte seca”[3], afirma que el objeto es irremplazable y que lo que se modifica es el vínculo con lo que se perdió. Freud, sostiene la teoría de que el objeto se puede reemplazar pero, sin embargo, se contradice en el texto de “La transitoriedad”, de 1915, donde afirma: “¿por qué este desasimiento de la libido de sus objetos habría de ser un proceso tan doloroso? No lo comprendemos, ni por el momento podemos deducirlo de ningún supuesto. Sólo vemos que la líbido se aferra a sus objetos y no quiere abandonar los perdidos aunque el sustituto ya esté aguardando.”[4] Años más tarde, en una carta que le envía a Sandor Ferenczi, en relación a la muerte de su hija, le dice que se trata de una herida amarga, que es irreparable y narcisista.

Lacan afirma que duelamos a quien éramos para él su falta, es decir su falo. Se hace muy difícil realizar un duelo por quien veníamos a completar. Si a la pregunta de qué quiere el otro de mí, respondemos: que lo complete, nos convimos en lo que le falta al otro. Al perder a quienes completamos se produce una vacilación fantasmática, por lo que es necesario que deba haber un proceso para reencontrar nuestro deseo.

La demanda social hace que el duelo pase a ser psíquico. En terapia, por lo general, no hay interpretación sino una construcción, una rememoración, tratando de contornear el vacío que dejó esa persona que se fue. Y se lo hace recordándola en sus cualidades buenas y malas, porque es hablando de esa persona que el duelante puede dejarla en un nostálgico recuerdo y proseguir con su vida. Esto no sucede en la exposición descarnada de la televisión, dónde sólo hay catarsis de parte del duelente y nada de contención por parte de los demás.

Muchas veces el duelo es un hecho traumático que debemos inscribir, poner en palabras, enlazando lo pulsional con los vocablos del preconsciente. Por este motivo, la poesía es la que mejor lo permite dentro de los géneros literarios. Porque si es difícil hablar del propio padecimiento en una situación traumática, este género lo permite por su plasticidad y polisemia. Lacan afirmaba que no era lo suficientemente poeta porque no llegaba a zarandear, a cuestionar, a jugar, lo sobradamente con los significantes como lo hace el creador poético.

Silvie Le Poulichet, en su libro La obra del tiempo en psicoanálisis,[5] habla del instante catastrófico, que es un tiempo de angustia máxima, donde el yo desaparece, porque lo imaginario queda desanudado. Este instante se produce por un presente apremiante, por ejemplo, recibir la noticia de la muerte sorpresiva de un ser querido. Esto produce en el sujeto un agujero en el tiempo que desvanece el pasado y el futuro, pero sobre todo en el presente no se tienen palabras para expresar lo que se siente.

El paciente podrá, recién en el análisis, acudir a las imágenes, a las palabras y a la angustia que faltaron para nombrar algo por primera vez que, sin embargo, ya había sucedido. No es el retorno de lo reprimido. Es cifrar lo ocurrido. No es un hecho que se reprimió, por lo tanto, no hay síntoma, no hay producción del inconsciente sino angustia.

En los pacientes en los que la inhibición está operando muy fuertemente, el ins- trumento que debemos utilizar es la construcción. Nuestra tarea será ayudar a poner en palabras lo sucedido. Muchas veces la significación de un hecho traumático ayuda a resignificar otros hechos anteriores. A posteriori, podemos darle otro sentido a lo que ocurrió. Y es aquí donde la poesía puede intervenir, ya que es polisémica por excelencia. Esto le hace decir a Chiozza: “Umberto Eco sostiene que el efecto poético surge de la capacidad del texto para generar lecturas distintas sin agotarse jamás completamente”.

Lacan, nos dice que debemos orientarnos por algo del orden de la poesía para intervenir como psicoanalistas. La metáfora y la metonimia, no tie­nen alcance para la interpretación si no en tanto son capaces de hacer función de otra cosa, para lo cual se unen estrechamente el sonido y el sentido. Es en tanto que una interpretación justa extingue un síntoma, que la verdad se expresa en forma poética.

No es del lado de la lógica articulada que hay que sentir el alcance de nuestro decir y lo primero que habría que hacer sería extinguir la noción de “lo bello”. Nosotros no tenemos nada bello que decir, es de otra “reso­nancia” de lo que se trata.

La poesía es imagen, analogía, metáfora. Se nutre de lo más íntimo y deja de lado la lógica y la racionalización. Es el mecanismo que brinda la posibilidad de metaforizar a través de figuras que se comprenden, sin necesidad de recurrir a la intelectualización. Por eso oficia de caja so­nora, de instrumento que permite expresar el dolor que se padece en el duelo; es la forma de considerar las cosas por afinidad sentimental, por participación empática.

En nuestra cultura nos ha quedado una parte de la prelógica que sub­siste en nuestras representaciones, de esta manera piensa el poeta. Todo verso es creación de un tiempo y un estar fuera de lo ordinario. El poeta no es un primitivo, pero sí ese hombre que reconoce y acata las formas primitivas, formas que, bien mirado, sería mejor llamar primordiales, anteriores a la hegemonía racional y que prosiguen luego de estas. El poeta acepta la dirección analógica, de donde nace la imagen, el poema, un cierto instrumento que cree eficaz. El mago veía en la dirección analógica su instrumento de dominio de la realidad. Lo que el poeta alcanza a expresar con imágenes es la transposición poética, de su angustia personal de ser. También el poeta debe cumplir la forma mágica del principio de identidad y ser otra cosa. Reconocimos en la actividad poética el producto de una urgencia que no es sólo estética, que no apunta sólo a la respuesta lírica, el poema. El poeta y sus imágenes constituyen y manifiestan un solo deseo de salto, de irrupción, de ser otra cosa.  Expresa con palabras-imágenes, que a la vez manifiestan lo más genuino del creador, así, como en los sueños, se formulan ideas, sentimientos, a través de las imágenes. En el territorio poético, las analogías surgen condicionadas, elegidas poéticamente, musicalmente. Todo poeta se apropia un poco del objeto que describe. El poeta no está interesado en acrecentar su conocimiento, en progresar. Asume lo que encuentra, que viene de él mismo, de lo no dicho anteriormente. La poesía es el género que más se acerca a la verdad del sujeto, porque parte de la emoción, y requiere que no predomine la defensa, sino en saber del inconsciente atravesado por la metáfora, a través de la sublimación. La herramienta del poeta son sus sentimientos, y con ellos dice, generalmente, a pesar suyo. Borges ha dicho: “Posiblemente la poesía sea un modo más vívido de decir la verdad, un modo más memorable de decir la verdad. Yo no concibo una poesía como falsa. Yo sé que si la poesía no parte de la emoción, es un error, yo no creo que la poesía sea un juego de palabras, un arte combinatoria; creo que la poe­sía tiene que estar justificada por la emoción, no me imagino un verso escrito sin pasión, sin emoción.”[6] En otros géneros literarios -como son la novela o el ensayo- el escritor puede tomar mucha más distancia, a través de los persona­jes, de lo que le es propio. Esta distancia equivaldría al disfraz del sueño, a la elaboración secundaria del mismo. Según Borges: “El poeta sería simplemente un amanuense de esa fuerza misteriosa que puede salir de su mente, en la cual, tal como creía el poe­ta Irlandés Yeats, estaba contenida la gran memoria, la memoria de to­dos los antepasados, y quizá la memoria de los arquetipos platónicos.”[7] Y esa fuerza misteriosa que sale de su mente, de la que habla Borges, es el saber del inconsciente del creador, que canta su verdad aún sin saber­lo. “Me parece absurdo buscar temas: los temas tienen que buscarnos a nosotros y encontrarnos”,[8] continua diciendo Borges. Y es así, porque los contenidos surgirán como formaciones sustitutivas para expresar nuestra verdad. Así, la poesía permite poner en palabras aquello que no se pudo expre­sar, enlazando lo pulsional al significante y al leerla nos conmociona porque remite a lo medular. Al respecto dice Borges: “En cuanto a la poe­sía, yo no sabría definirla, pero creo que eso demuestra que la poesía es algo esencial, ya que sólo pueden definirse las abstracciones; la poesía, en cambio, es tan esencial como la cercanía del mar, como la cercanía de una mujer o de la luna, por ejemplo, a quienes vemos siempre con antiguo asombro, antiguo y nuevo asombro. De modo que no hay que definirla ya que todos sabemos qué es. Creo que la poesía debe impre­sionar inmediatamente de un modo casi físico.”[9] Más cercana a nuestra emoción, la poesía, sus vocablos, conmueven nuestro ser; afirma más adelante: “Aquí tenemos este antiguo problema, el problema de la poe­sía; de cómo un idioma se llena de efectos mágicos, cómo con palabras que están registradas en un diccionario se llega a algo que se parece mucho a la magia, cómo no hay una diferencia esencial entre la música y la poesía.”[10]

Por eso la poesía permite expresar el dolor, las pérdidas, los duelos, para ir bordeando con palabras ese instante catastrófico de la ausencia de­finitiva. Esa falta tiene que ser transformada en la obra en sí: “Y quizá la desdicha sea mejor material poético que la dicha, como la derrota es mejor material que la victoria, porque la derrota tiene que ser transfor­mada en otra cosa, la desdicha también. La felicidad, en cambio, es un fin en sí misma y no necesita ser cantada; ya es una suerte de canto la felicidad.”[11]

La función de la escritura se ubica allí, en la posibilidad de recordar el objeto perdido trazo por trazo para dejarlo ir.

Diariamente nos encontramos en nuestro consultorio con pacientes que sufren la ausencia de un ser querido y que tratan de anotarla como pérdida. La escritura, entre otras expresiones artísticas, permite esta anotación, elaboración necesaria para el camino del duelo. Camino que permite aplacar el dolor y dejar ir, sin cámaras encendidas ni remedios mágicos.

 


[1] Sigmund Freud. Duelo y Melancolía, 1915, 1917. Obras completas, Volumen XIV, Amorrortu Editores. Buenos Aires, 1984. Pág. 245

[2] Sigmund Freud. Duelo y melancolía. 1917. Op. Cit. Pág. 253,254.

[3] Jean Allouch: Erótica del duelo en el tiempo de la muerte seca, Editorial Cuenco de Plata, Buenos Aires, 1996.

[4] Sigmund Freud: “La transitoriedad” (1916 [1915]), en Obras completas, Volumen XIV, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1975, pp. 310-311

[5] Sylvie Le Poulichet: La obra del tiempo en psicoanálisis, Amorrortu Editores, Buenos Aires, 1996

[6] Jorge Luis Borges: Borges en la Escuela Freudiana de Buenos Aires, Editorial Agalma, Buenos Aires, 1993, p. 47.

[7] Idem

[8] Idem

[9] Op. Cit.

[10] Op. Cit.

[11] Op.Cit

 

Ver, mirar, crear

Sección: Psicoanálisis


En esta nueva fase de la historia occidental predomina la lógica individualista que implica vivir aquí y ahora. Al mandato de gozar ahora se le suma la obligación de desarrollar un narcisismo flotante, es decir, tener cierta disponibilidad para adaptarnos a la fluidez y la aceleración. Todo cambia constante­mente, y nos deja sin posibilidades de poner en marcha nuestra puesta en juego acerca del deseo. Se trata de detener esta carrera y abrir un espacio y tiempo para interrogarnos. Aquello que no se dice, porque no hay palabras ni lugar que la sociedad ofrezca, deberá expresarse. De acuerdo con el último Lacan, el acento tendría que ponerse en los víncu­los interpersonales, en la inmixión de otredad en psicoanálisis. Un con­cepto desarrollado por él, que abarca a lo íntimo y lo externo. Al sujeto y al otro social. Cito a Eidelsztein: “Quizás el máximo desafío planteado al psicoanalista de hoy por la ideología social sea rechazar la certeza que afirma que la alegría, la tristeza, las ganas de vivir, la fuerza de hacer co­sas, el entusiasmo, el deseo sexual, etc., provengan de la carne -víscera o cerebro- y no se estimulen con fármacos -legales o prohibidos- sino de la relación con el Otro y al Otro”.[1] Los sujetos se expresan a través de lo que Freud denominó la “facultad del artista”. ¿Cuál es esa facultad? La de convertir la fantasía en una expresión artística. El creador da forma a determinado material hasta que corresponda a sus fantasías modifica­das, cancelando temporariamente la represión, obteniendo placer en ello y donde la sociedad también lo obtiene dándole sentido al objeto de arte. Desde esta perspectiva podemos ver al tatuaje, en algunos casos, como una expresión creativa socialmente aceptada y no como una flagelación. Desde el tatoo hasta las bandas de rock, pasando por toda expresión creativa en Internet el sujeto abre una grieta en la homogeneidad impuesta en la sociedad y sobre todo en los mass media. Se sirve de es­tos medios para manifestarse. Da a ver y oír un mensaje que, como un sueño en análisis, debemos descifrar.

En el Seminario 11 Lacan habla sobre la mirada. Dice que somos mirados antes de ver y que no miramos más que un sólo punto, aun cuando so­mos vistos desde todos. Es la mirada del Otro la que nos va a dar consis­tencia corporal e identidad. Es nuestro reflejo en las cuencas del Otro lo que nos unifica corporalmente. Al respecto, cito unos versos de Cortázar de su poesía “Bolero”: “Siempre fuiste mi espejo,| Quiero decir que para verme tenía que mirarte.”[2]

Con respecto a la mirada, Lacan diferencia entre el sueño y la vigilia: en esta última hay una elisión de la mirada, es decir, que falta ver en lo que miramos, no sólo en lo que ello mira, sino en lo que ello muestra. En cambio en el sueño se da a ver. Aquello que falta en lo observado pode­

 

mos homologarlo al objeto a, a la falta, a lo ausente. La mirada, en tanto objeto a, expresa la castración, la falta, lo ausente. Esto se contrapone con lo que sucede en la fotografía digital, que tiene cada vez más mega píxeles para intentar asir visualmente todo, se tiene la ilusión de que todo se da a ver, pero -aún así- nuestra mirada elide lo observado por­que, como ya dijimos, miramos a través de nuestro lente: el fantasma.

Lacan dice además en este mismo Seminario 11, que cuando existe una reciprocidad entre la mirada y lo mirado, el sujeto desaparece. Porque si no existiese interpretación personal en lo que miramos, si fuéramos como cámaras digitales o especies de copiadores visuales hiperrealistas, no habría margen para nuestra distorsión subjetiva. Y es allí, en nuestra distorsión donde aparece el marco a través del cual miramos nuestra realidad: el fantasma. En análisis trataremos de truncar ese punto últi­mo de mirada ilusoria, en cuanto a la idea de completud tanto nuestra como del otro, porque la mirada es la que elude más completamente el término de la castración. Realizar una obra implica hacer andar la rueda del deseo, asumir que no se tiene todo, dado que se necesita hacer algo para expresarse y el modo de hacerlo compromete al fantasma.

Este objeto a, lo que se escapa de lo observado, es trabajado de distintos modos por diferentes creadores.

En todo cuadro se evidencia qué es lo que da a ver el artista y cómo se posiciona con respecto a dicho objeto.

Ciruelo,[3] artista argentino que vive en España, es daltónico y se desta­ca no sólo por sus dibujos sino también por sus petropictos, [4] técnica desarrollada por él en la cual dibuja sobre piedras, sin alterar su forma, sin cincelar, ni esculpir, encontrando figuras en ellas. Sufrir de dalto­nismo no le impidió ser reconocido mundialmente como uno de los más importantes ilustradores de la fantasía épica, género que representa una temática mágica o sobrenatural. Toma piedras y comienza a mirarlas, hasta encontrarles, en sus formas, algún sentido, algún dibujo que pin­ta sobre ellas sin tallarlas, respetando su relieve natural. La impresión es que las piedras dicen las imágenes, Ciruelo sólo las descubre y las saca a la luz. Busca liberar la forma de la piedra aprovechando su relieve natural, sus texturas y marcas. Logra así un resultado tridimensional, puesto que al mirarlas parecen talladas cuando en realidad son sólo di­bujos que se completan con pincel y aerógrafo.

El artista explica cómo es su método de trabajo: “Con pocos trazos lo­gro un efecto tridimensional. Pero a diferencia de las pinturas, no me considero el autor de estas obras. Soy un canal; existe un diálogo en­tre la piedra y yo. Muchas personas lloran al verlas; no por mi trabajo, sino porque reconocen que tienen la misma habilidad. Después ellos también ven cosas. Su percepción cambió para siempre.”  Ciruelo se considera integrante del grupo de personas que ven cosas que otros no ven. Invierte su situación real, pertenece al grupo que ve, en este caso fi­guras, dejando de lado su real limitación, que es la de no ver determina­dos colores. (…) Yo soy absolutamente daltónico -exclama-. Cuando digo esto genero todo tipo de comentarios graciosos, aunque para mí esto era algo trágico. Me marcó toda la vida. Los colores claros y los oscuros se me mezclan y no sé qué le llega a la gente de mi obra. Pero digamos que no veo la realidad como la mayoría de la gente. Porque veo otros colores, o los veo distorsionados.”

Ciruelo hace de esta dificultad su capacidad. Ve lo que no se ve a sim­ple vista. No ve determinados colores, pero ve formas que la naturaleza, representada en este caso en la piedra, parece expresar. Hace visible lo que estaba sólo disfrazado de ausencia. Hace de su doble castración su potencia. Doble en el sentido de su castración simbólica y de aquella que surge de su limitación en lo real. El objeto a toma forma en sus obras, a través de lo que dice la piedra. También es importante observar como la mayoría de sus dibujos muestran dragones, mujeres fálicas y hombres escudados y armados, a diferencia de sus petropictos donde lo que pre­domina es la ternura, reflejada en duendes, hadas y delicados animales. Es decir que, en las diferentes técnicas que utiliza, expresa distintas co­sas. Así, en sus dibujos los personajes aparecen más defendidos, mien­tras que en sus petropictos se muestran más vulnerables.

En Ciruelo se hace muy evidente la expresión atribuida a Paul Klee, en el sentido de que el arte no reproduce lo que es visible sino que hace visible lo que no siempre lo es. Como en los sueños, donde las imágenes muestran, dan a ver, son el medio por el cual en ellas se expresan pen­samientos a través de lo visual. Esa es la traducción que tenemos que hacer mediante la interpretación del relato de las escenas oníricas.

Es interesante ver cómo el objeto a -el menos , la castración, la ausen­cia- es trabajado en sus cuadros de manera diferente por distintos au­tores. Como ejemplo extremo mencionamos a Kandinsky, quien arribó al arte abstracto convencido de que sus pinturas resultaban mejores sin la presencia de objetos.


[1] Alfredo Eidelsztein: Las estructuras clínicas a partir de Lacan, Volumen II, Editorial Letra Viva, Buenos Aires, 2008, p. 253.

[2] Julio Cortázar: “Bolero”, en Salvo el crepúsculo, Grupo Santillana, Buenos Aires, 2004, p. 135.

[3] Ciruelo, es el seudónimo de Gustavo Cabral

[4] Petropicto es el arte de pintar sobre piedras